Vacunas

Obispos denuncian uso de vacunas COVID derivadas de bebés abortados

“La investigación biomédica que explota a los inocentes no nacidos y utiliza sus cuerpos como “materia prima” para la fabricación de vacunas parece más parecida al canibalismo que a la medicina... Sostener que tales vacunas pueden ser moralmente lícitas si no hay alternativa es en sí mismo contradictorio y no puede ser aceptable para los Católicos“, afirmaron los Obispos.

La siguiente declaración es de los prelados que se enumeran a continuación:

Cardenal Janis Pujats, Arzobispo Metropolitano Emérito de Riga, Tomash Peta, Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Santa María en Astaná, Jan Pawel Lenga, Arzobispo/Obispo emérito de Karaganda, Joseph E. Strickland, Obispo de Tyler (E.E.U.U), Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María en Astaná. Publicado en LifeSiteNews. Traducido por Luis Rivera Colón.

En las últimas semanas, las agencias de noticias y diversas fuentes de información han informado de que, en respuesta a la emergencia de Covid-19, algunos países han producido vacunas utilizando líneas celulares de fetos humanos abortados. En otros países se están planeando vacunas de este tipo.

Un coro cada vez más numeroso de eclesiásticos (conferencias episcopales, obispos individuales y sacerdotes) ha afirmado que, en el caso de que no se disponga de una vacuna alternativa que utilice sustancias éticamente lícitas, sería moralmente permisible para los católicos recibir vacunas elaboradas a partir de líneas celulares de bebés abortados. Los partidarios de esta postura invocan dos documentos de la Santa Sede: el primero, de la Academia Pontificia para la Vida, titulado “Reflexiones morales sobre las vacunas preparadas a partir de células derivadas de fetos humanos abortados” y fue publicado el 9 de junio de 2005; el segundo, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, titulado “Instrucción Dignitas Personae, sobre algunas cuestiones de bioética” y fue publicado el 8 de septiembre de 2008. Ambos documentos permiten el uso de estas vacunas en casos excepcionales y por un tiempo limitado, sobre la base de lo que en teología moral se denomina cooperación material remota y pasiva con el mal. Los citados documentos afirman que los católicos que utilicen este tipo de vacunas tienen al mismo tiempo “el deber de manifestar su desacuerdo y pedir que su sistema sanitario ponga a su disposición otro tipo de vacunas”. 

En el caso de las vacunas fabricadas a partir de líneas celulares de fetos humanos abortados, vemos una clara contradicción entre la doctrina católica de rechazar categóricamente, y más allá de toda sombra de duda, el aborto en todos los casos como un grave mal moral que clama al cielo por venganza (véase el Catecismo de la Iglesia Católica n. 2268, n. 2270), y la práctica de considerar las vacunas derivadas de líneas celulares de fetos abortados como moralmente aceptables en casos excepcionales de “necesidad urgente”, sobre la base de una cooperación remota, pasiva y material. Sostener que tales vacunas pueden ser moralmente lícitas si no hay alternativa es en sí mismo contradictorio y no puede ser aceptable para los Católicos. 

Hay que recordar las siguientes palabras del Papa Juan Pablo II sobre la dignidad de la vida humana por nacer: “La inviolabilidad de la persona, que es un reflejo de la inviolabilidad absoluta de Dios, encuentra su expresión primaria y fundamental en la inviolabilidad de la vida humana”. Sobre todo, el clamor común, que se hace justamente en favor de los derechos humanos — por ejemplo, el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia, a la cultura — es falso e ilusorio si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida, el más básico y fundamental y la condición de todos los demás derechos personales”. (Christifideles Laici, 38). El uso de vacunas fabricadas con células de niños no nacidos asesinados contradice la “máxima determinación” de defender la vida de los no nacidos. 

El principio teológico de la cooperación material es ciertamente válido y puede aplicarse a toda una serie de casos (por ejemplo, en el pago de impuestos, el uso de productos fabricados con mano de obra esclava, etc.). Sin embargo, este principio difícilmente puede aplicarse al caso de las vacunas fabricadas a partir de líneas celulares fetales, porque quienes reciben consciente y voluntariamente esas vacunas entran en una especie de concatenación, aunque muy remota, con el proceso de la industria del aborto. El crimen del aborto es tan monstruoso que cualquier tipo de concatenación con este crimen, aunque sea muy remota, es inmoral y no puede ser aceptada bajo ninguna circunstancia por un católico una vez que ha tomado plena conciencia de ello. Quien utiliza estas vacunas debe darse cuenta de que su cuerpo se está beneficiando de los “frutos” (aunque sean pasos eliminados a través de una serie de procesos químicos) de uno de los mayores crímenes de la humanidad.

Cualquier vínculo con el proceso del aborto, incluso el más remoto e implícito, arrojará una sombra sobre el deber de la Iglesia de dar un testimonio inquebrantable de la verdad de que el aborto debe ser rechazado por completo. El fin no puede justificar los medios. Estamos viviendo uno de los peores genocidios conocidos por el hombre. Millones y millones de bebés en todo el mundo han sido asesinados en el vientre de su madre, y día tras día este genocidio oculto continúa a través de la industria del aborto, de la investigación biomédica y la tecnología fetal, y del impulso de los gobiernos y organismos internacionales para promover esas vacunas como uno de sus objetivos. Ahora no es el momento de que los católicos cedan; hacerlo sería una grave irresponsabilidad. La aceptación de estas vacunas por parte de los católicos, con el argumento de que sólo implican una “cooperación remota, pasiva y material” con el mal, haría el juego a los enemigos de la Iglesia y la debilitaría como último baluarte contra el mal del aborto.

¿Qué otra cosa puede ser una vacuna derivada de líneas celulares fetales sino una violación del Orden de la Creación dado por Dios? Porque se basa en una grave violación de este Orden, mediante el asesinato de un niño no nacido. Si a este niño no se le hubiera negado el derecho a la vida, si sus células (que han sido cultivadas varias veces en el laboratorio) no hubieran estado disponibles para la producción de una vacuna, no podrían ser comercializadas. Por lo tanto, nos encontramos ante una doble violación del orden sagrado de Dios: por un lado, a través del propio aborto, y por otro, a través del atroz negocio del tráfico y comercialización de los restos de los niños abortados. Sin embargo, este doble desprecio por el orden divino de la Creación no puede justificarse nunca, ni siquiera con el argumento de preservar la salud de una persona o de la sociedad mediante esas vacunas. Nuestra sociedad ha creado una religión sustituta: la salud se ha convertido en el bien supremo, en un dios sustituto al que hay que ofrecer sacrificios; en este caso, mediante una vacuna basada en la muerte de otra vida humana.

Al examinar las cuestiones éticas que rodean a las vacunas, tenemos que preguntarnos: ¿Cómo y por qué ha sido posible todo esto? ¿No había realmente ninguna alternativa? ¿Por qué una tecnología basada en el asesinato surgió en la medicina, cuya finalidad es, en cambio, aportar vida y salud? La investigación biomédica que explota a los inocentes no nacidos y utiliza sus cuerpos como “materia prima” para la fabricación de vacunas parece más parecida al canibalismo que a la medicina. También deberíamos considerar que, para algunos en la industria biomédica, las líneas celulares de los niños no nacidos son un “producto”, el abortista y el fabricante de la vacuna son el “proveedor”, y los receptores de la vacuna son los “consumidores”. La tecnología basada en el asesinato tiene sus raíces en la desesperanza y termina en la desesperación. Debemos resistir al mito de que “no hay alternativa”. Por el contrario, debemos proceder con la esperanza y la convicción de que existen alternativas, y que el ingenio humano, con la ayuda de Dios, puede descubrirlas. Esta es la única manera de pasar de las tinieblas a la luz, y de la muerte a la vida.

El Señor dijo que en los últimos tiempos incluso los elegidos serán seducidos (cf. Mc. 13,22). Hoy, toda la Iglesia y todos los fieles católicos deben buscar urgentemente fortalecerse en la doctrina y la práctica de la fe. Al enfrentarse al mal del aborto, los católicos deben, más que nunca, “abstenerse de toda apariencia de mal” (1 Tes. 5, 22). La salud corporal no es un valor absoluto. Hay que dar primacía a la obediencia a la ley de Dios y a la salvación eterna de las almas. Las vacunas derivadas de las células de niños no nacidos cruelmente asesinados tienen un carácter claramente apocalíptico y posiblemente prefiguren la marca de la bestia (véase Apocalipsis 13:16).

Algunos eclesiásticos de nuestros días tranquilizan a los fieles afirmando que recibir una vacuna Covid-19 derivada de las líneas celulares de un niño abortado es moralmente lícito si no existe una alternativa. Justifican su afirmación sobre la base de una “cooperación material y remota” con el mal. Tales afirmaciones son extremadamente antipastorales y contraproducentes, especialmente si se tiene en cuenta el carácter cada vez más apocalíptico de la industria del aborto, y la naturaleza inhumana de algunas investigaciones biomédicas y de la tecnología embrionaria. Ahora más que nunca, los católicos no pueden categóricamente alentar y promover el pecado del aborto, ni siquiera en lo más mínimo, aceptando estas vacunas. Por ello, como Sucesores de los Apóstoles y Pastores responsables de la salvación eterna de las almas, consideramos imposible callar y mantener una actitud ambigua respecto a nuestro deber de resistir con “la máxima determinación” (Papa Juan Pablo II) contra el “crimen incalificable” del aborto (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 51).

Esta declaración se redactó con el asesoramiento de médicos y científicos de varios países. También hubo una importante contribución de los laicos: de abuelas, abuelos, padres y madres de familia, y de jóvenes. Todos los consultados —independientemente de la edad, la nacionalidad y la profesión — rechazaron de forma unánime y casi instintiva la idea de una vacuna derivada de líneas celulares de niños abortados. Además, consideraron inadecuada la justificación ofrecida para el uso de tales vacunas (es decir, la “cooperación material a distancia”). Esto es reconfortante y, al mismo tiempo, muy revelador: su respuesta unánime es una demostración más de la fuerza de la razón y del sensus fidei.

Más que nunca, necesitamos el espíritu de los confesores y mártires que evitaron la más mínima sospecha de colaboración con el mal de su época. La Palabra de Dios dice: “Sed sencillos, como hijos de Dios, sin reproche, en medio de una generación depravada y perversa, en la que debéis brillar como luces en el mundo” (Fil. 2, 15).

12 de diciembre del 2020, Memorial de la Bienaventurada Virgen de Guadalupe

+Cardenal Janis Pujats, Arzobispo Metropolitano Emérito de Riga

+Tomash Peta, Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Santa María en Astaná

+Jan Pawel Lenga, Arzobispo/Obispo emérito de Karaganda

+Joseph E. Strickland, Obispo de Tyler (E.E.U.U)

+Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María en Astaná

Este artículo se publicó originalmente en LifeSiteNews bajo el título “On the moral illicitness made from cells derived from aborted human fetuses”. Se reimprime bajo licencia Creative Commons. Traducido por Luis Rivera Colón.

Related Articles

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Back to top button