Ocho Minutos de Vida: Breve Reflexión de Semana Santa

Ocho minutos de vida… uno de los aspectos más sobrecogedores del reciente atentado contra el avión de Germanwings, cuyo co-piloto Andreas Lubitz derribó deliberadamente en los Alpes franceses. Murieron 150 personas. Por ocho minutos, el avión descendió de su altitud de 38,000 pies, mientras el piloto y asistentes de vuelo desesperada, e infructuosamente, trataban de que Lubitz les abriera la cabina para poder detener el desastre inminente. El piloto incluso intentó abrirla con el hacha de emergencia. Muchos pasajeros, por lo tanto, pudieron percatarse de que algo terrible ocurría.
Ocho minutos. Suficientes, tal vez, para el arrepentimiento y las súplicas de perdón; demasiado breves para la reparación, para enderezar las historias torcidas y retomar las prometedoras. Suficientes, tal vez, para el lamento; demasiado cortos para los testamentos y los testimonios, para las palabras no dichas y las bondades no rendidas.
Si bien es poco probable que experimentemos un incidente así —el típico final es la larga agonía o la muerte fulminante— nos llama a la reflexión. Debemos examinar nuestra salud espiritual con aun mayor detenimiento y prontitud que los que dedicamos a nuestra condición física.
Pregúntate si hubieras viajado en ese fatídico vuelo… ¿Te habría paralizado el pavor por las faltas cometidas y los minutos perdidos? ¿Te habría invadido el terror del remordimiento por tus ofensas, por descuidar a los tuyos, por no defender a los indefensos—los no nacidos, los enfermos abandonados, los ancianos solos? ¿Te habrían invadido la vergüenza y el horror por no haber luchado por las causas nobles, por no haber dejado un legado digno? ¿O, aunque afligido, te habrías encomendado al Padre y, en paz, te habrías colocado en Sus manos?
En el trajín diario, tendemos a posponer la reflexión, la penitencia, y la reparación. Como resultado del relativismo, el materialismo, y el secularismo, nos hemos acostumbrado a desatender la realidad del mal y del pecado. Progresivamente nos hacemos insensibles ante la desintegración de la familia, la degradación de la dignidad de las personas, el desprecio del valor intrínseco de la vida humana. Pasamos por alto tanto las faltas cometidas, como las frecuentes omisiones. Ignoramos lo que pudimos y debimos decir, pero callamos; lo que debimos actuar, pero no hicimos.
En esta Semana Mayor, en la que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, preguntémonos: ¿Cuán preparado estoy para Su encuentro? ¿Cuán preparada estoy para presentarme frente a mi Dios?




