Religión y Filosofía

Dios Ha Nacido en la Tierra

¡Navidad! Un idilio. Pero, sobre todo, un misterio. Un Dios-Niño que, a falta de cuna, es recostado en un pesebre. Y una Virgen-Madre, que le ofrece el calor de sus brazos y de su corazón. Ángeles que cantan, en la noche y sobre el aire estremecido de Belén, “el mensaje de una gran alegría.” Y unos pastores que, al eco de notas angélicas, se pasman y se apresuran a adorar al “Cordero de Dios” y “Príncipe de los pastores.”

¡Navidad! No, no es simplemente el recuerdo y la nostalgia de un hecho histórico, ya pasado. Sigue siendo un hecho de hoy, siempre luminoso. Es un instante que no pasa, porque se renueva siempre y vuelve a empezar continuamente en esa VIDA de Cristo en su Iglesia. Es el misterio perenne de DIOS-CON-NOSOTROS. “La Navidad es el gran encuentro, el histórico encuentro, el decisivo encuentro de Dios con la humanidad” (Pablo VI). Este encuentro no fue un simple contacto, externo y transitorio, sino que fue nada menos que una unión vital y estable de la naturaleza divina con la naturaleza humana en la infinita y eterna Persona del Verbo.

¡Qué familiar y emotiva llega a sonar en nuestro espíritu la palabra de San Pablo, en la epístola de hoy: “Se hizo visible la bondad de Dios y su amor por los hombres” (Tito 3, 4). Es Dios, que ha venido al mundo y “acampó entre nosotros” (Juan 1, 14). Es la “Sabiduría de Dios mostrándose bajo las formas de niño, el Verbo de Dios haciendo oír en la carne sonidos inarticulados, recibiendo el nacimiento humano para acomodarse a nuestra debilidad, haciéndose visible para elevarnos a las cosas invisibles” (San Agustín). Es Jesús, Hijo del Hombre e Hijo de Dios, que “está aquí como el primer día, que está entre nosotros todos los días de su eternidad” (Péguy).

La Natividad de Cristo -como su Encarnación- es, pues, “una historia sucedida a lo eterno; pero es, al mismo tiempo, una historia sucedida a la tierra y a la carne. Es una infloración y fructificación de lo eterno en lo temporal” (A. Béguin). Un nuevo modo de presencia divina en el mundo. “Aunque por su poder no ha estado jamás ausente del mundo, el Creador se ha hecho en él corporalmente presente” (San Agustín).

La historia divina se hace historia humana, en la que se inserta Dios vivo para conducir al hombre a la salvación. Un gesto espléndido de Dios, que “acoge, como en abrazo nupcial, al hombre para hacerle más auténticamente hombre” (Przywara).

La Navidad es, pues, la primera epifanía de la Encarnación del Verbo y como el punto de partida de una epifanía creciente que concluirá -en su fase terrena- con la luz desbordante de la Resurrección y Ascensión.

Navidad es Salvación

Pero la Navidad es, al mismo tiempo, y con relación a nosotros, la promesa de nuestra adopción divina, primer fruto de la gracia de la salvación. El mensaje de Navidad es una buena noticia, “una gran alegría” (Lucas 2,10), porque es un pregón del mensaje del “REINO DE DIOS” entre nosotros y para nosotros.

Gracias al parentesco de nuestra humanidad con el Verbo encarnado es como podíamos nosotros ser divinizados. “Si no hubiera Él aceptado la generación humana, nunca habríamos llegado nosotros a la regeneración divina; nació Él para que nosotros renazcamos” (San Agustín).¡Oh, maravilloso intercambio! -repetirá durante estos días santos la liturgia- : el Creador del humano linaje, tomando cuerpo animado, se ha dignado nacer de una Virgen y nos ha dado, en cambio, su Deidad. San Cirilo dirá que “tomando sobre Sí nuestras debilidades, nos dio en retorno sus perfecciones.”

Cierto que no sólo su nacimiento, sino todo el misterio de la vida de Cristo engendra la salvación.

Autor: Desconocido

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