Arruinados por las hormonas para “cambiar de sexo”… pero hay una esperanza

Por Benedetta Frigerio (La Nuova Bussola Quotidiana). Traducido por Luis Rivera Colón

Fitz habla de las mentiras y presiones que tuvo para que se sometiera a tratamientos hormonales y cirugías para parecerse a una mujer. Y enumera los daños físicos y psicológicos que están siendo silenciados, por los cuales “desearía que me hubieran enseñado a aceptarme a mí mismo”. James Shupe, conocido por ser el primero en poner una “x” en el encasillado del sexo en su tarjeta de identificación, revela las mentiras de su batalla, y arrepentido anuncia: “En Cristo he encontrado mi verdadera identidad, y soy una nueva criatura”.

Una de las últimas historias publicadas por el Christian Post sobre “destransitioners” habla de un hombre de 40 años llamado Fitz que, habiendo crecido pensando que era un monstruo por ser afeminado, al llegar a conocer el mundo de los transexuales pensó que la solución a su malestar era convertirse en mujer. Esto lo llevó a someterse a un tratamiento hormonal, cortando con su pasado (incluso la familia). El hombre habla del médico que le siguió durante años, y sólo al final del proceso resultó ser una mujer que también se había operado para convertirse en hombre: “Me enfadé porque pensé que había discutido mis dudas (sobre el llamado “cambio de sexo”, ndr) de hombre a hombre”, pero para entonces ya era demasiado tarde. Antes de que Fitz comenzara su tratamiento, “me dieron un papel para firmar que contenía muchas cosas aterradoras, y me dijeron que no me preocupara, que harían todo lo posible para evitarlo” y “que esto era sustancialmente una formalidad”.

Cuando el hombre expresó luego sus dudas sobre los efectos negativos que las hormonas podrían tener en el hígado, se le respondió: “Bueno, no, no te preocupes. Por eso hacemos análisis de sangre cada seis meses”. Además, cada vez que Fitz iba a la clínica para una cita, el personal presionaba tanto para que le operaran, que finalmente cedió. Pero justo antes de recibir la anestesia, recordó haber gritado “¡Paren!”. Pero el proceso continuó. Cuando despertó, el drama: “Antes no odiaba mis genitales, pero ahora me parecían extraños… Mi escroto parecía un globo desinflado”. Después de unos meses, a pesar de la cirugía, tuvo una eyaculación precoz sangrante; los médicos le dijeron que podía suceder. Por supuesto nadie se lo había dicho antes. Luego se escuchó decir: “Su último análisis de sangre indicó que algunas cifras son bajas, y necesitamos que empiece a tomar vitamina D y calcio”. Cuando Fitz preguntó si era una receta temporal, le dijeron que debía tomarlas de por vida porque el tratamiento hormonal había debilitado sus huesos. Tras un examen minucioso de su historial médico, Fitz se dio cuenta de que el médico encargado de evaluar su estado mental antes de dar su consentimiento a la operación nunca había anotado ninguna de sus preocupaciones. Extremadamente deprimido, pensó en cómo suicidarse, pero luego eligió enfrentarse al médico, quien le pidió que se fuera, o de lo contrario llamaría a la policía.

Así empezó a buscar abogados, pero muchos se negaron a trabajar con él, llamándolo “fanático” u “homofóbico”. Sin embargo, Fitz tiene todas las razones para demandar a este sistema: “Ojalá me hubieran enseñado a aceptarme a mí mismo… Ahora tengo cicatrices en mis genitales… siento un dolor fantasma. Tengo una adicción química a una droga producida por una empresa privada (por lo tanto, muy cara, ndr)”. También porque “si no estás satisfecho con el resultado de estos tratamientos y cirugías, la comunidad médica te abandonará… se niegan a hacer investigaciones sobre nosotros y a publicar información sobre nuestras necesidades… Tuve que luchar para restaurar mi certificado de nacimiento. He hablado con varios periodistas. La mayoría de ellos terminan por no publicar”.

Una historia similar es la de James Shupe, famoso en todo el mundo por ser la primera persona legalmente definida como “no binaria” de los Estados Unidos, que luchó y ganó para que su sexo se registrara como “x” en su licencia de conducir. Los periódicos le dieron las primeras páginas, mientras que hoy, cuando se ha arrepentido, poca gente habla de él. Sin embargo, en el Daily Signal, Shupe dijo: “Mentí acerca de no ser un hombre”, y llamó a su campaña transexual “un intento egoísta de alimentar mi larga fantasía sexual de ser una mujer – un trastorno mental”. Por el contrario, en 2015 se había victimizado a sí mismo en el New York Times, afirmando que “vivo en un mundo en el que los políticos radicales, los conservadores y los grupos religiosos atacan rutinariamente mi propia existencia con legislación escrita para negarme derechos humanos fundamentales, como el de tener un baño que corresponda a mi identidad de género”.

Hoy el hombre se da cuenta de la gravedad del error de considerar esto un derecho humano, pero sobre todo de haber ganado usando la mentira: “No me importó que antes de la breve audiencia, que duró unos minutos, mi abogado confiara en que el caso estaba básicamente resuelto, ya que el juez tenía un hijo transexual y había concedido recientemente el inicio del procedimiento para el cambio de sexo a un niño de 12 años”. Nada de esto le importaba, porque para Shupe ganar significaba vengarse de “aquellos que creía que me estaban haciendo daño: feministas y cristianos conservadores”. ”Bueno – pensé para mí mismo – si toda esta gente no me quiere en los baños de mujeres, entonces voy a tratar de destruir exactamente lo que quieren proteger: la definición de sexo como lo hemos conocido por más de 200 años en América”. “Sabía que si ganaba el caso y se declaraba mi sexo como no binario (ni masculino ni femenino), y si eso estuviera codificado en la ley, los baños tendrían que ser neutrales en cuanto a género.” El hombre que ahora reconoce que está profundamente herido explicó que “las personas heridas terminan hiriendo a otras personas, así que en ese momento no me importaba si mis acciones herían a mujeres y niñas”. El problema, más que personas como él, es, por lo tanto, que son los legisladores los que permiten que los que sufren actúen de manera irracional: “El hecho de que ya no se me clasificara legalmente como mujer significaba que ese malvado grupo de mujeres ya no podía acusarme de apropiarme de la feminidad y de ser una caricatura de una mujer – aunque eso hubiera sido cierto (y lo era). De la misma manera, quería vengarme de los cristianos, otro grupo que sentía como enemigo desde que empecé a usar peluca… No sabía mucho de la Biblia en ese momento, pero sabía lo suficiente para saber que les encantaba enseñar sobre cómo Dios creó sólo hombre y mujer. Así que prometí destruir esa sagrada creencia”.

Shupe describe a menudo en su perfil de Twitter los daños que el tratamiento hormonal causa al cuerpo, por lo que a menudo es hospitalizado. Y recuerda la exaltación de aparecer como un mito universal: “Los medios de comunicación de todo el mundo, como los alemanes, me animaron, celebrando mi victoria y abrazándome como su más reciente héroe LGBT”. De hecho, poco después, varios estados comenzarían a discutir si reconocer hasta 73 identidades de género. Luego llegó la acusación al mundo sectario e ideológico del periodismo: “Todo fue una total ilusión, pero los periodistas se lo creyeron; ni una sola vez me cuestionaron”.

Sobre la forma en que se dio cuenta de la mentira que estaba viviendo, Shupe lo explicó describiendo su encuentro con Cristo como la única respuesta real a su ansiedad y a las heridas que no podía aceptar él mismo: “Abusé de mi carne en los clubes de sexo de Portland… en los teatros de adultos. He dañado mi cuerpo con hormonas y un comportamiento sexual arriesgado. Y he deshonrado a mi esposa y mis votos matrimoniales con transgresiones injustificables”, mientras que “en Cristo, soy una nueva criatura”, dijo como San Pablo. Por lo tanto, “asumí la responsabilidad por los daños que causé, por los millones de dólares gastados para adelantar el fraude en el que participé vergonzosamente. En la iglesia y en público, confesé mis pecados y me humillé ante el Señor, rogándole que me levantara”.

Así lo hizo Jesús y “ahora estoy recibiendo esa ayuda que debería haber estado recibiendo todo el tiempo”: Shupe se dio cuenta de que su confusión provenía de una herida psicológica y fue ayudado por el camino de diez pasos para la adicción sexual (el mismo que utilizan los alcohólicos anónimos) por el que luchó legalmente para ser reconocido de nuevo por el varón que es, ayudado por una asociación legal cristiana. Y hoy dice que “tuve que ver y experimentar toda esa destrucción y reconocer el daño para comprender finalmente que el cristianismo genera familias más fuertes, comunidades más seguras y, sobre todo, una nación mejor”.

De nuevo como el apóstol Pablo, Shupe continuó: “Mis acciones pasadas han dañado a los cristianos, en mi caso a las mujeres y a las niñas… Siempre me humillaré frente a las mujeres, al pueblo americano y al Señor. De la misma manera, como Pablo, yo también llevaré una espina inamovible en mi carne”. El hombre recuerda a Norma McCorvey, la mujer que, fingiendo haber sido violada, hizo legalizar el aborto en los Estados Unidos, y explica que después de haber causado tal daño, uno puede seguir esperando: “Debido a la magnitud de mi maldad, he buscado el perdón en el único lugar que puede otorgarlo: los brazos amorosos de Jesús”.

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