Vacunas

Yo no me vacuno; vengan a buscarme

Ya que la cacería de los que no quieren vacunarse contra el COVID ha comenzado, me entrego. Pero no soy para nada un “anti-vacunas”, como tampoco lo son la mayoría de los que rechazan esta vacuna y que ahora se encuentran en el blanco de una campaña de odio sin precedentes. Tengo buenas razones para no vacunarme, al igual que otros encuentran la vacuna útil para ellos. Pero ante la vacunación obligatoria impuesta de forma injustificada, oponerse al Green Pass se convierte en una batalla por la libertad contra este totalitarismo que se está imponiendo.

Artículo por Riccardo Cascioli (La Nuova Bussola Quotidiana). Traducido por Luis Rivera Colón.

Como ahora se ha desatado la caza de los que no quieren vacunarse contra el COVID y la campaña de odio hacia los que se llaman despectivamente “anti-vacunas” está alcanzando niveles sin precedentes, he decidido entregarme: no me voy a vacunar, vengan a buscarme si además de hacer los leones en el teclado o los generales de las proclamas, tienen el valor de un encuentro físico, real.

Pero empecemos por aclarar las cosas: yo no soy “anti-vacunas” en absoluto, como tampoco lo son la inmensa mayoría de los que no pretenden vacunarse contra el COVID. No sólo me he puesto todas las vacunas que dicta Italia, sino que al haber viajado un poco por el mundo, me he puesto fácilmente todas las vacunas y profilaxis necesarias. Esto no me ha impedido, como es lógico, guardar algunos “recuerdos sanitarios” de estos viajes, como recordatorio de que las vacunas y la profilaxis no nos convierten en superhumanos inmortales, pero tienen sus márgenes de riesgo. No sólo eso, sino que, como Bussola, siempre hemos apoyado la importancia de las vacunas esenciales en los países en desarrollo, donde la gente muere muy joven por enfermedades que en gran medida han sido derrotadas aquí.

Pero hay vacunas y hay vacunas: ¿piensan realmente estos apóstoles de la vacuna que los miles de trabajadores de la salud en Italia que están arriesgando sus trabajos y carreras para no someterse a la vacuna son extremistas peligrosos o personas crédulas que beben de fuentes poco fiables? […]

Pero está claro que el tema de COVID hace tiempo que dejó de ser una cuestión sanitaria para convertirse en una herramienta política. Sólo así se explica la furia, el desprecio y el odio contra quienes se oponen a la vacunación obligatoria. Sólo así se explica la total irracionalidad de ciertas posiciones dogmáticas.

No me vacuno por muchas razones, tres en particular: porque los riesgos son mayores que los beneficios; porque hay un problema ético; porque dado el evidente propósito político del Green Pass, esto se ha convertido también en una batalla para defender la libertad. Resumiré el primer punto: en primer lugar, aunque no es nada deseable enfermarse de COVID, y a pesar de que, leyendo los periódicos, parecería que al menos la mitad de Italia está infectada, la probabilidad de contagio es muy baja, tanto por mi estilo de vida personal (tengo poca propensión a la aglomeración) como por los datos objetivos: el boletín de anoche informaba de que en Italia hay algo más de 51,000 infectados (contagiados, no enfermos), lo que supone el 0.08% de la población italiana. Y sólo una proporción muy pequeña de ellos ha sido hospitalizada con algún síntoma: 1,194 (2.3% de los infectados, 0.002% de la población italiana). Sin embargo, leyendo los periódicos y escuchando a la televisión, a los políticos y a diversos influenciadores, uno tiene la sensación de que una nueva ola ha vuelto a ponerse en marcha. Pues bien, uno se asombra al comprobar que, de hecho, estamos asistiendo a un descenso considerable del número de pacientes de COVID: el 1 de julio, por poner un ejemplo, había 1,532 “ingresados con síntomas”. Esto significa que en 20 días se ha producido un descenso del 22%. Lo mismo ocurre con las unidades de cuidados intensivos, que han pasado de 229 a 158 en 20 días (-31%).

Sin embargo, si me infecto, sé que puedo contar con un tratamiento temprano, que -tenemos muchas pruebas de ello- da excelentes resultados. Por supuesto, no hay ninguna garantía de que no vaya a morir de COVID, pero lo mismo ocurre con las vacunas, como estamos viendo en los últimos meses. Debo actuar con prudencia y razón; pero no impulsado por el miedo a morir. En cambio, debo ser siempre consciente de que mi vida está en última instancia confiada a Dios (es el Señor de la vida y de la muerte), no a los medicamentos, a los virólogos, a los generales (o incluso a los sacerdotes).

Frente a esta baja probabilidad de contagio, existe un riesgo evidente en las vacunas experimentales, cuyos “folletos” se actualizan a medida que los vacunados registran reacciones adversas graves, incluso mortales; cuyos efectos a largo plazo se desconocen, cuya eficacia real está por demostrar.

En cuanto a la cuestión ética, es fácil decirlo: no se trata de establecer cuán remota es la cooperación en el mal realizado por quienes practicaron esos abortos de los que se extrajeron las células que, reproducidas millones de veces, han llegado a contribuir a la creación de esas vacunas. […] nos encontramos en un contexto -como ya hemos explicado detalladamente- en el que el uso de embriones para la investigación y de células procedentes de fetos abortados se está extendiendo y se considera cada vez más normal. No decir nada sobre esto es una grave omisión.

Pero dicho esto, está claro, como ya se ha dicho, que el tema de la salud hace tiempo que -quizá desde el principio- pasó a un segundo plano, es un mero pretexto para afirmar otra cosa. Como muy bien resumió recientemente el filósofo Giorgio Agamben, “en el Green Pass no está en juego la salud, sino el control de la población”. Lograr un régimen de apartheid con las cifras de infectados y enfermos mencionadas anteriormente sería una auténtica locura si no hubiera un proyecto más ambicioso. Igual de descabellado sería vacunar a jóvenes y niños que, según el COVID, tienen una tasa de mortalidad prácticamente nula.

Los no vacunados son peligrosos, no porque sean portadores de contagios mortales, sino porque huyen del control, algo que una sociedad que se está convirtiendo rápidamente en un régimen totalitario no puede tolerar. Aunque se vacunara al 100% de la población, el virus no desaparecería, tanto porque siempre está produciendo nuevas variantes, algunas de las cuales son probablemente causadas por las propias vacunas y que no son controladas por ellas, como porque el virus está circulando por todo el mundo. Además, siempre ha estado claro que las vacunas no pueden erradicar el COVID […]. Los acontecimientos de los últimos días demuestran que los propios vacunados se infectan y contagian, por lo que los Green Passes son cualquier cosa menos un certificado de seguridad sanitaria.

A esto se añade el hecho de que el Green Pass es válido durante 270 días a partir de la inoculación de la segunda dosis de la vacuna. Pues bien, en Italia las segundas dosis comenzaron el 17 de enero, lo que significa que a partir del 14 de octubre los primeros “inmunizados” dejarán de tener la cobertura del Green Pass y para Navidad más de tres millones de personas vacunadas se encontrarán de nuevo sin cobertura y, por tanto, excluidas de lugares públicos, restaurantes, trenes, aviones, etc. ¿Qué pasará? El Green Pass se utilizará para impulsar la tercera dosis, y luego la cuarta, y así sucesivamente.

Los que se vacunan no por una opción sanitaria razonada, sino pensando que van a recuperar su libertad, pronto se llevarán una amarga sorpresa. Por el contrario, decir no al Green Pass y a las vacunas obligatorias es ahora una batalla por la libertad contra un régimen que gana terreno entre el aplauso entusiasta de sus víctimas. La presión para vacunar también tiene una inquietante analogía con la exigencia de los primeros siglos de quemar incienso al emperador por la libertad de culto. Muchos católicos ya han decidido hacerlo y, de hecho, lo llaman caridad. Pero no le vamos a quemar incienso al Emperador. Estoy aquí esperando por ti.

Este artículo se publicó originalmente en La Nuova Bussola Quotidiana bajo el título “Io non mi vaccino, venite pure a prendermi“, Se reimprime bajo licencia Creative Commons. Traducido por Luis Rivera Colón.

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