Sínodo de la Familia: ¿Evangelización o Implosión?

Durante las dos semanas del 5 al 19 octubre de 2014 se celebrará en el Vaticano el Sínodo de la Familia. Alrededor de 150 obispos se reunirán para discutir los “retos pastorales” de la familia en el contexto de la Evangelización. Es decir, considerarán la atención pastoral en casos de relaciones maritales irregulares (por ejemplo, personas divorciadas en segundas nupcias), las uniones de personas no casadas (tanto heterosexuales como homosexuales) y el uso de contraceptivos, entre otros asuntos.
Hay Católicos que ni siquiera saben de este importante evento. Otros ven con beneplácito la posibilidad de un relajamiento de enseñanzas que “modernizarían” a la Iglesia Católica; por ejemplo, que los divorciados que nuevamente han contraído nupcias puedan comulgar. El Cardenal Walter Kasper de Alemania es uno de los prelados que se ha pronunciado a favor de esta medida si se cumplen ciertas condiciones. Hay, por último, aquellos Católicos que temen que la Iglesia ceda a las presiones de ciertos sectores y apruebe cambios que significarían su propia implosión.
A los tres grupos les exhortamos a estar atentos. “El que tiene oídos, que oiga” (Mateo 11:15).
A los que quieren una Iglesia “a tono con los tiempos” les preguntamos: ¿es la Iglesia Católica similar a un McDonald’s cuya misión es satisfacer las preferencias de sus consumidores aunque los niveles de sodio y grasa de su oferta sean perjudiciales? ¿O es, por el contrario, la portadora de la Verdad y el Amor de Cristo?
Las personas divorciadas, las parejas en uniones del mismo sexo o extramaritales, etc., al igual que todos nosotros, necesitan tener acceso a la Verdad que presupone auténtico amor cristiano. Todos necesitamos dirección espiritual y atención pastoral.
Sin embargo, dar por buenas todas nuestras traiciones y flaquezas no es amor cristiano sino dejadez. Ninguna madre verdadera aceptaría — a nombre de la tolerancia, o una mal llamada compasión o misericordia — que su hijo se autodestruyera, por más conveniente, moderna o popular que fuera esta conducta. Ella no despacharía el asunto con el simple pretexto de que “mi hijo es débil,” “no se le puede exigir más,” o “así son todos.” Por el contrario, esa buena madre lucharía por enseñarle lo correcto, inspirarle, darle el mejor ejemplo y brindarle el alimento necesario para que, con el valor que reconoce en él, corrija sus pasos hacia el bien.
Asimismo ha de hacerlo nuestra Madre Iglesia Católica con sus hijos. Nuestras preferencias no pueden ni deben dictar la doctrina. El ser humano no es el dios que se da a sí mismo las verdades divinas y las normas morales según le convenga o le plazca. “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1601) […] el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás. […] La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina” (n. 1640).1
¿Es facilitar la anulación de los matrimonios la solución para la alta tasa de divorcios? ¿Lo es reconocer como correcto el adulterio? No. Además de contravenir las enseñanzas de Cristo (“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio,” Marcos 10:11-12), tales medidas probablemente dispararían aún más la tasa de divorcios con los consiguientes males para los niños y los adultos involucrados — en especial la mujer, como tantos estudios demuestran. Es decir, la Iglesia no puede ser cómplice del deterioro familiar con las consabidas consecuencias sociales, económicas y espirituales.
La indisolubilidad del matrimonio no está sujeta al vaivén del interés propio o los deseos particulares. “Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 48). Sus “bienes y fines” son “de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. […] Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad” (n. 48).
¿La solución? Las escuelas católicas deben educar a sus alumnos sobre lo que la vocación matrimonial representa y requiere; asimismo, los sacerdotes desde el púlpito a los feligreses. En los hogares, debemos conversar con nuestros hijos y orientarles al respecto, tanto con nuestras palabras como con nuestro ejemplo. Los programas de preparación prematrimonial no deben ser un cursillo trivial o apresurado, sino verdadera catequesis. La pareja debe conocer lo que el Sacramento del Matrimonio conlleva. Debe familiarizarse con las enseñanzas de la fe Católica sobre los anticonceptivos, las relaciones extramatrimoniales, los fines unitivos y procreativos del matrimonio, y otros asuntos relacionados. Debe reconocer que ese “sí” bendito por Dios no es solo un acuerdo amistoso, un contrato civil o una suma de egos, sino un voto, una unión indisoluble (Catecismo n. 1615), un “darse mutua y definitivamente con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo“ (n. 1662). “Ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe” (Mateo 19:6).
Los cursillos prematrimoniales incluso ofrecen una excelente oportunidad para que la pareja converse sobre temas que tal vez no han abordado a cabalidad tales como la crianza y educación de los hijos, el cuido de padres y abuelos ancianos, y sus actitudes hacia la pérdida, la enfermedad, y la muerte. Es un intercambio único para conocer áreas inexploradas y aclarar aquéllas que aún permanecen en error u oscuridad. Ese compartir de convicciones, planes e ilusiones consolida el compromiso y el amor fructíferos. Los futuros cónyuges deben comprender que en caso de dificultades — y en todo matrimonio, al igual que en toda relación humana, las hay — no han de recurrir de inmediato a la separación o aun al divorcio, sino comunicarse con amor y crecer juntos.
Además, debe fortalecerse la consejería matrimonial que se ofrece en nuestras parroquias, mediante la recta dirección espiritual por parte de los sacerdotes, diáconos u otros feligreses con la debida formación Católica. Los profesionales como los sicólogos, siquiatras, consejeros y trabajadores sociales tienen una oportunidad única, y aun el deber, de poner sus talentos al servicio de la familia.
Oremos fervorosamente al Espíritu Santo para que ilumine a los líderes de nuestra Santa Madre Iglesia de modo que el Sínodo dé frutos de Verdad y Amor.
____________________
1 “Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales” (Catecismo, n. 1650).↩




