La sangre de los niños no nacidos asesinados clama a Dios por las vacunas contaminadas con el aborto

“Es altamente antipastoral y contraproducente permitir el uso de vacunas contaminadas con el aborto en esta hora histórica. Las almas de los bebés asesinados, de cuyas partes del cuerpo la gente se beneficia ahora a través de estas medicinas y vacunas, están vivas y tienen un nombre ante Dios,” denunció el Obispo Schneider.
Por Obispo Athanasius Schneider (LifeSteNews). Traducido por Luis Rivera Colón.
Las potencias mundiales anticristianas que promueven la cultura de la muerte pretenden imponer a la población mundial una colaboración implícita -aunque remota y pasiva- con el aborto. Esa colaboración remota, en sí misma, es también un mal por las extraordinarias circunstancias históricas en las que esas mismas potencias mundiales promueven el asesinato de niños no nacidos y la explotación de sus restos. Cuando usamos vacunas o medicamentos que utilizan líneas celulares procedentes de bebés abortados, nos beneficiamos físicamente de los “frutos” de uno de los mayores males de la humanidad: el cruel genocidio de los no nacidos. Porque si no se hubiera asesinado cruelmente a un niño inocente, no tendríamos estas vacunas o medicamentos concretos. No deberíamos ser tan ingenuos como para no ver que estas vacunas y medicamentos […] prometen promover la cultura de la muerte. Por supuesto, algunos argumentan que incluso si la gente no toma estas vacunas, la industria del aborto continuará. Puede que no reduzcamos el número de abortos si dejamos de tomar esas vacunas o medicamentos, pero ese no es el problema. El problema radica en el debilitamiento moral de nuestra resistencia al crimen del aborto, y al crimen del tráfico, explotación y comercialización de las partes del cuerpo de los niños no nacidos asesinados. El uso de estas vacunas y medicamentos apoya moralmente -aunque sea de forma indirecta- esta horrible situación. Al observar la respuesta de la Iglesia Católica, los abortistas y los responsables de la investigación biomédica llegarán a la conclusión de que la jerarquía ha consentido esta situación, que incluye toda una cadena de crímenes contra la vida y que, de hecho, puede describirse acertadamente como una “cadena de muerte”. Tenemos que despertar a los verdaderos peligros, consecuencias y circunstancias de la situación actual.
Teorías que justifican el uso de vacunas contaminadas con el aborto
Los documentos de la Santa Sede (de 2005, 2008 y 2020) que tratan de las vacunas desarrolladas a partir de líneas celulares procedentes de niños no nacidos asesinados no son decisiones infalibles del Magisterio. Los argumentos esgrimidos en los citados documentos sobre la licitud moral del uso de vacunas contaminadas con el aborto son, en definitiva, demasiado abstractos. Hay que abordar este problema de una manera más profunda, y no quedarse en un positivismo jurídico y en un formalismo de teorías abstractas de cooperación con el mal, de aprovechamiento del mal ajeno, de doble efecto o como se quiera llamar a tales teorías justificativas.
Hay que profundizar, bajar a la raíz, y considerar el aspecto de la proporcionalidad. Esta cadena concreta de crímenes horribles -de asesinar, extraer tejidos y partes del cuerpo de niños no nacidos asesinados, y comercializar sus restos mediante la fabricación y prueba de vacunas y medicamentos- está fuera de toda proporción con otros crímenes, por ejemplo, beneficiarse del trabajo esclavo, pagar impuestos, etc. Incluso los ejemplos históricos aparentemente más impresionantes, que a veces se aducen para justificar la licitud moral del uso de vacunas contaminadas con el aborto, son incomparables con la cuestión que nos ocupa. En efecto, debido a la gravedad del aborto, y a la realidad actual de una industria del aborto y de la investigación biomédica en constante expansión, que implica el tráfico y la explotación de partes del cuerpo de bebés abortados, el principio de cooperación material, u otras teorías similares, no pueden aplicarse en este caso. Por lo tanto, es altamente antipastoral y contraproducente permitir el uso de vacunas contaminadas con el aborto en esta hora histórica. Las almas de los bebés asesinados, de cuyas partes del cuerpo la gente se beneficia ahora a través de estas medicinas y vacunas, están vivas y tienen un nombre ante Dios.
Cuando uno utiliza una vacuna contaminada con el aborto, se encuentra directamente y muy personalmente ante la jeringa de la vacuna. Al pagar los impuestos, uno no se enfrenta directa y personalmente al proceso de un aborto concreto. Un gobierno no le está pidiendo concretamente que dé su dinero a “este” acto concreto de aborto ahora. El gobierno suele utilizar nuestro dinero en contra de nuestra voluntad. Por lo tanto, el uso de una vacuna contaminada con el aborto es una confrontación mucho más personal, y un encuentro mucho más cercano, con los monstruosos crímenes implicados en su producción, que por ejemplo pagar impuestos o beneficiarse de los actos malvados de otra persona. Si el gobierno le dice a un ciudadano directa y personalmente: “Me llevo tu dinero para pagar este aborto concreto”, uno tiene que negarse, aunque eso signifique la confiscación de su casa y el encarcelamiento.
En los primeros siglos, los cristianos pagaban impuestos a un gobierno pagano, sabiendo que éste utilizaría una parte de los ingresos fiscales para financiar el culto a los ídolos. Sin embargo, cuando el gobierno pedía a los cristianos, personal e individualmente, que participaran en el delito de idolatría, quemando sólo un pequeño grano de incienso ante la estatua de un ídolo, se negaban incluso al precio de ser martirizados por dar testimonio del Primer Mandamiento de Dios.
El carácter excepcionalmente grave y único de las vacunas y medicamentos contaminados con el aborto
¿Cómo podemos, con un máximo de determinación, estar y proclamar estar en contra del aborto, cuando aceptamos vacunas contaminadas con el aborto, cuando su origen está en el asesinato de un niño? Tanto la lógica como el sentido común exigen que no aceptemos tales vacunas o medicamentos. En tiempos difíciles de gran confusión, Dios suele utilizar a los sencillos y a los pequeños que dicen la verdad mientras la mayoría nada con la marea. Desgraciadamente, muchas personas en la Iglesia, e incluso algunas organizaciones católicas provida, están nadando con la marea en la cuestión específica de las vacunas y medicamentos contaminados con el aborto. Parece que muchos teólogos, e incluso la Santa Sede, así como la gran mayoría de los obispos, también están nadando con la marea, y sólo queda una minoría en la Iglesia de nuestros días que está diciendo: “Alto. Esto no es bueno. Esto es un peligro”. Como cristianos, es nuestro deber dar testimonio al mundo no aceptando estas vacunas y medicamentos.
Uno podría preguntar a los defensores de la licitud moral del uso de vacunas o medicamentos contaminados con el aborto la siguiente pregunta: “Si usted viajara en el tiempo y presenciara el espantoso asesinato de un niño no nacido, el desmembramiento de su cuerpo, la extracción de sus tejidos y el posterior procesamiento de sus células en el laboratorio, incluso si hubiera cientos de procesos químicos implicados en esa vacuna o medicamento en particular, ¿podría con la conciencia tranquila recibir esa vacuna o medicamento en su cuerpo? Es difícil imaginar que pudiera, ya que tendría ante sus ojos la escena de un niño siendo desmembrado y usted ahora beneficiándose físicamente del uso de sus células.”
Vacunas que utilizan líneas celulares procedentes de fetos abortados sólo para pruebas
Se distingue entre la presencia directa de líneas celulares fetales procedentes del asesinato de un niño no nacido en una vacuna y su uso para pruebas, y ciertamente esto último es objetivamente menos grave. Pero aún así no podemos aceptar el uso de estas líneas celulares ni siquiera para pruebas, ya que nos acerca al crimen de comercializar las células de bebés asesinados. También en este caso hay una acumulación de crímenes horribles. El primer crimen es haber matado a un niño. El segundo es haber utilizado y procesado esas líneas celulares. Luego, usar estas líneas celulares para realizar pruebas es otro crimen. No podemos colaborar en esta acumulación de crímenes y no podemos beneficiarnos de ninguna manera de sus “subproductos”.
La obligación de resistir
Imaginemos la posibilidad de que el aborto esté totalmente prohibido en todo el mundo. Si así fuera, las industrias médica y farmacéutica tendrían que buscar alternativas para desarrollar una vacuna, y Dios las proporcionará si observamos su ley, concretamente el quinto mandamiento. Sin embargo, Dios nos castigará si utilizamos las líneas celulares procedentes de bebés asesinados para fabricar y probar vacunas y medicamentos. Tenemos que abrirnos a una perspectiva más sobrenatural. Tenemos que resistir a el mito de que no hay alternativa, y al utilizar estas vacunas o medicinas, cooperamos a propagar aún más este mito. Sin embargo, ¡hay alternativas! Los poderes mundiales anticristianos seguramente no admitirán que existen alternativas, y seguirán impulsando las vacunas contaminadas con el aborto. Pero debemos resistir. Aunque sólo haya una pequeña minoría de fieles, sacerdotes y obispos que lo hagan, al final la verdad prevalecerá. La historia mirará hacia atrás y dirá que incluso algunos buenos católicos cedieron, incluso altos prelados responsables del gobierno de la Santa Sede cedieron a una industria biomédica y farmacéutica en expansión que utilizaba líneas celulares procedentes del asesinato de niños no nacidos para producir y probar vacunas y medicamentos. La historia dirá que se dejaron cegar por teorías abstractas de cooperación material remota, beneficiándose de los actos malvados de otros, u otras teorías similares.
Debemos seguir la verdad. Aunque perdamos a todos nuestros amigos, debemos seguir nuestra conciencia, como hicieron Santo Tomás Moro y San Juan Fisher. También es un signo del fin de los tiempos que incluso la gente buena esté confundida sobre este importante asunto. Recordemos las palabras de Nuestro Señor, que dijo que incluso los elegidos serán también seducidos (cf. Mt. 24, 24). Llegará un momento en que Dios revelará a las personas de la Iglesia, que ahora defienden la moralidad del uso de vacunas contaminadas con el aborto, algunas de las consecuencias de esta elección. Se les abrirán los ojos, porque la verdad es muy poderosa. Tenemos que vivir para la verdad y para la eternidad.
Permanecer en silencio y consentir el uso ya generalizado de partes del cuerpo de bebés abortados para la investigación biomédica, y argumentar esta injusticia con una teoría abstracta de “cooperación material remota”, o como quiera que se llame tal teoría justificativa, es una ceguera espiritual y una grave omisión en un momento histórico dramático en el que los cristianos deberían levantarse y proclamar al mundo entero: “¡Nunca consentiremos esta injusticia, aunque ya esté tan extendida en la medicina! No está permitido tratar a los niños no nacidos, la vida de los más débiles e indefensos de todo el mundo, de una manera tan degradante, para que los más fuertes, los ya nacidos, puedan recibir un beneficio sanitario temporal de su uso.”
Iván Karamazov, en la famosa novela de Dostoievski “Los hermanos Karamazov”, hace la pregunta fatal: “Dígame sin rodeos, le invito a que me responda: imagínese que usted mismo construye el edificio del destino humano con el objeto de hacer felices a las personas en el final, de darles por fin la paz y el descanso, pero para ello debe torturar inevitablemente y sin remedio a una sola criaturita, a esa misma niña que se golpeaba el pecho con su pequeño puño, y levantar su edificio sobre los cimientos de sus lágrimas no correspondidas: ¿aceptaría usted ser el arquitecto en tales condiciones?”
Son memorables las palabras con las que el Papa Juan Pablo II condenó enérgicamente toda experimentación con embriones, declarando: “Ninguna circunstancia, ningún propósito, ninguna ley puede hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, ya que es contrario a la Ley de Dios que está escrita en cada corazón humano, conocible por la razón misma, y proclamada por la Iglesia”. Esta valoración de la moralidad del aborto debe aplicarse también a las recientes formas de intervención sobre embriones humanos que, aunque se realicen con fines legítimos en sí mismos, implican inevitablemente la muerte de esos embriones. Éste es el caso de la experimentación con embriones, cada vez más extendida en el ámbito de la investigación biomédica y legalmente permitida en algunos países. Aunque “hay que defender como lícitos los procedimientos realizados sobre el embrión humano que respetan la vida y la integridad del embrión y no implican riesgos desproporcionados para él, sino que se dirigen a su curación, a la mejora de su estado de salud o a su supervivencia individual”, hay que afirmar, sin embargo, que la utilización de embriones o fetos humanos como objeto de experimentación constituye un crimen contra su dignidad de seres humanos que tienen derecho al mismo respeto que se debe a un niño una vez nacido, al igual que a toda persona. Esta condena moral también se refiere a los procedimientos que explotan embriones y fetos humanos vivos -a veces específicamente “producidos” con este fin mediante la fecundación in vitro- para utilizarlos como “material biológico” o como proveedores de órganos o tejidos para trasplantes en el tratamiento de determinadas enfermedades. La matanza de criaturas humanas inocentes, aunque se lleve a cabo para ayudar a otros, constituye un acto absolutamente inaceptable”. (Encíclica Evangelium vitae, 62-63)
La sangre de los niños no nacidos asesinados clama a Dios por las vacunas y medicamentos que utilizan sus restos de cualquier manera. Tenemos que reparar los crímenes acumulados en su producción. Tenemos que pedir perdón no sólo a Dios, que escudriña las riendas y los corazones (cf. Apocalipsis 2:23), sino también a las almas de todos los niños no nacidos asesinados, que tienen un nombre ante Dios. Especialmente debemos pedir perdón a los niños cuyas partes del cuerpo se utilizan de forma tan degradante en beneficio de la salud de los vivos. Es incomprensible cómo los eclesiásticos, con la ayuda de teorías abstractas de la teología moral, pueden tranquilizar la conciencia de los fieles, permitiéndoles utilizar tales vacunas y medicamentos.
¡La sangre de los niños no nacidos asesinados clama a Dios por las vacunas y medicamentos contaminados con el aborto! ¡Que el Señor se apiade de nosotros! ¡Kyrie, eleison!
+ Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María en Astana.
Publicado originalmente en LifeSiteNews bajo el título The blood of murdered unborn children cries to God from abortion-tainted vaccines and medicines. Se reimprime bajo licencia Creative Commons. Traducido por Luis Rivera Colón




