El Regalo de Reyes

Para nosotros, niños aún en una tierra más creyente, era el gran día. El Día de los Santos Reyes era, después del de Navidad, la fiesta más importante del año. Era un día sagrado, especial — día de compartir, cantar y celebrar. Tanto jóvenes como ancianos anhelaban con júbilo que llegara.
Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos Su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mateo 2:1-2).
Creíamos entonces. Era el misterio y la renunciación.
En la víspera del gran día, antes de que anocheciera, poníamos debajo de la cama una cajita de zapatos llena de la yerba más verde y fresca. Ésta, seleccionada cuidadosamente, alimentaría a los camellos de los Santos Reyes. Les ayudaría a sobrellevar el arduo y largo viaje. Era nuestro sencillo regalo. Al día siguiente, en su lugar, encontraríamos el suyo. Habíamos sido niños buenos. Todos recibiríamos un regalo, pero cada uno era una respuesta especial a nuestro ruego.
Era el regalo de dar y de recibir. Era el asombro. Era la Epifanía, la Revelación.
Los Santos Reyes comprendían la relación entre la ciencia, la filosofía y la religión, entre lo natural y lo sobrenatural, entre actuar y contemplar. Ellos sabían que la Estrella ni se creó a sí misma, ni su movimiento era aleatorio. Entendían que ellos no eran los autores de los signos. Entendían que el significado y el valor se encuentran más allá de la observación empírica.
Era la verdadera sabiduría. Los Sabios Reyes estudiaban y escuchaban atentamente. Buscaban diligentemente, y encontraron. Vieron y creyeron. Al descubrir la verdad, la aceptaron. Abandonaron patria y comodidad para seguir Su estrella. Al hallar la Verdad, la amaron.
Oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.” Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle” (Mt 2:3-8).
Herodes también era diligente y poderoso. Sin embargo, no podía ver porque sus fines y medios eran malvados. Tenía los medios para causar la muerte, pero no el don de hallar la Vida. Era astuto y dominante. Mandaba, pero no obedecía. No poseía el asombro, sino la soberbia. Así, conocía los hechos pero carecía de entendimiento y sabiduría.
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María Su madre y, postrándose, Le adoraron; abrieron luego sus cofres y Le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino (Mt 2:9-12).
Era el gozo y el regocijo. Los Santos Reyes se arrodillaron humildemente y Le adoraron con reverencia.
Era la verdadera libertad y la verdadera valentía. Los Reyes Magos tenían muchas opciones, muchas posibilidades. Sabían que la verdadera libertad no se define en términos del propio ego o de las posesiones, sino que la Verdad la ordena—obedece voluntariamente a la Verdad. Sabían que la valentía y el poder verdaderos nacen de la virtud, y no de la mentira y la matanza. No utilizaron el engaño, el insulto, el derramamiento de sangre. Creyeron en la señal divina y, prudentes, regresaron a su patria por un camino distinto. En adoración y acción de un silencio elocuente, fueron siervos leales del Rey recién nacido.
Era la Fe, la Esperanza y la Caridad.
Aprendimos que lo verdadero no necesariamente depende de pruebas empíricas ni demostraciones lógicas. Aprendimos que los misterios son tan reales—o aun más—que la yerba y la cajita de zapatos. Nunca indagamos cómo sucedía, ni por qué los camellos necesitaban tanto alimento. Los Santos Reyes existían y vendrían esta noche.
Esta noche, como todas las noches cinco de enero, regresarían sigilosamente, misteriosamente, tan pronto nos durmiéramos. Ni un segundo antes. Sabíamos que solo llegarían entonces, cuando abandonáramos todo control. Nos habría derrotado el estar pendientes, el espiar sus movimientos, el tratar de ser más listos que ellos. Ello habría significado duda o desesperanza, soberbia, falta de respeto, desobediencia. Un misterio exige reverencia, no burla.
Era la gratitud. Aunque el regalo fuera pequeño, nuestros corazones agradecidos saltarían. Poco sabíamos de los sacrificios de nuestros padres, de sus sueños más preciados, del cuidado y la devoción que dedicaban a este hermoso momento.
Poco intuíamos nosotros, niños aún en una época más piadosa, que el gran día nos daba lecciones de virtudes teológicas, intelectuales y morales que nos guiarían a lo largo de nuestras vidas.
Publicado originalmente en MercatorNet. Traducción al español por Fieles a la Verdad.




