Pro VidaRincón Educativo

Anticoncepción: Precursora del Asalto a la Dignidad de la Persona y la Familia

La anticoncepción es una de las causas principales del actual asalto a la dignidad de la persona y de la estructura natural de la familia. Hasta el 1930, al igual que la Iglesia Católica, todas las denominaciones Protestantes principales se oponían a la anticoncepción y el aborto. Esta oposición, basada tanto en la ley natural como en las Sagradas Escrituras, se reconocía como parte fundamental de la doctrina y de la moral cristiana. Hasta entonces, había marcada resistencia social hacia prácticas contrarias a la vida y la familia como el aborto, el divorcio, la eutanasia, la pornografía y los enlaces homosexuales.

Esa resistencia comenzó a derrumbarse a partir del 1930, año en que la Conferencia Anglicana de Lambeth (Resolución 15) aceptó la anticoncepción. Aunque la Resolución favorecía la abstinencia, abrió la posibilidad de utilizar “otros métodos” para controlar la natalidad. Aunque condenaba el que esto se diera por razones “egoístas, lujos o simple conveniencia,” esa apertura cambió el curso de la moralidad cristiana de los casi 2,000 años anteriores. Su legado: millones de personas lastimadas o privadas de su vida, y el deterioro de la familia natural como cimiento de la sociedad.

La anticoncepción violenta el fin procreativo del acto conyugal que, junto a su fin unitivo, constituyen su naturaleza. Ambos fines son esenciales e inseparables. Obedecen al orden e integridad del organismo humano y sus funciones inherentes. Separarlos abre una brecha en lo que es un acto integral de entrega total y recíproca dentro del vínculo indisoluble de amor y fidelidad que es el matrimonio. Aceptar la anticoncepción ha desembocado en que los conceptos matrimonio y familia sean hoy equívocos.

En su Encíclica Humanae Vitae (1968), el Papa Pablo VI fue profético cuando auguró las consecuencias negativas que el uso de anticonceptivos acarrearía para el matrimonio y la familia. En su sección 17, el hoy Beato Pablo VI anticipó que tal uso aumentaría la “infidelidad conyugal y la degradación general de la moralidad” y que los hombres perderían “el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico,” la consideraría “como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada.” Añadió que la anticoncepción constituiría un “arma peligrosa” “en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales.” Advirtió también sobre los peligros de que, al apartar la recta razón y el designio Divino, la gente crea que tiene dominio ilimitado sobre su propio cuerpo y sus funciones.

Todas las predicciones se han realizado. Se multiplican la promiscuidad, las adicciones sexuales, la obscenidad, el adulterio y otras relaciones extramaritales. Se mantiene el enorme subsidio público de Planned Parenthood (Planificación Familiar), con su abierta agenda abortista y su negocio de tejidos y órganos de bebés abortados. Las Naciones Unidas y los gobiernos de los países desarrollados tuercen los brazos de las naciones pobres para que cambien sus creencias y patrones culturales en torno a la sexualidad y el matrimonio. Les venden el aborto, la anticoncepción, la esterilización masiva, y el “matrimonio” homosexual como vía de progreso y modernidad, y como condición para ayudas económicas.

El nefasto desenlace de aceptar la anticoncepción tiene muchas víctimas. Una de las principales son los niños. El aborto ha cobrado millones de vidas humanas inocentes. El divorcio, cuya incidencia es mayor entre parejas que utilizan anticonceptivos, reduce la expectativa de vida de los hijos en hasta cinco años. La adopción de niños por parejas homosexuales y la presencia de múltiples “padres” no biológicos en relaciones inestables y temporeras imponen graves daños físicos y emocionales a los niños. La insistencia en la expresión irrestricta de la sexualidad “segura” y “libre,” que la anticoncepción “garantiza,” sexualiza precozmente a los niños. Desde la escuela primaria, la “educación sexual” se les lleva como el uso de anticonceptivos, muchos de los cuales son abortivos. A menudo, tal “enseñanza” desemboca en promiscuidad, experimentación, enfermedades transmitidas sexualmente, embarazos en adolescentes, abortos, y, por consiguiente, en unos daños físicos, emocionales y espirituales que les afligirán toda su vida.

Hay más víctimas. La industria pornográfica utiliza a las personas como objeto. Las mujeres sufren profundamente la devastación emocional y económica del divorcio y de las relaciones sentimentales efímeras. Los daños sicológicos y sociales del Síndrome Post-Aborto les aqueja por décadas. Por otro lado, los minusválidos, los pacientes de enfermedades dolorosas y terminales, y los ancianos se ven cada vez más amenazados por la eutanasia, esa crasa contradicción de una “muerte digna.” Todos somos sus presas potenciales.

Por último, los métodos de reproducción artificial, las ideologías de género y transgénero, y las intervenciones hormonales y quirúrgicas de “cambio” de sexo son ejemplos del dogma individualista del dominio absoluto sobre el cuerpo, como si ello estuviera divorciado de la recta voluntad, la ley natural y la ley divina. La fertilización in vitro (IVF) conlleva el aborto selectivo de bebés, puesto que se “descartan” los embriones con menos posibilidad de desarrollo. El uso de madres sustitutas destina intencionalmente a los niños a la orfandad. Esos métodos se han prestado para la trata humana. A mujeres y a niños se les concibe entonces como objetos de producción o comercio, sujetos a las fuerzas del mercado.

En tanto no cambie la mentalidad anticonceptiva, no habrá progreso en la protección y defensa de la dignidad de la persona humana, y de la estructura natural de la familia. Tales actos no maritales, antinaturales, trivializan el matrimonio y son, en efecto, contrarios a la vida y la familia. Anteponen los “derechos” y preferencias de los adultos, sean heterosexuales u homosexuales, sobre el bienestar de los niños, la justicia y la virtud. A la larga todos pierden su dignidad y sus posibilidades de verdadera felicidad. Una vez se ha despreciado el valor de una vida humana, todas las demás peligran. No sigamos ignorando esta realidad.

Fieles a la Verdad
3 de junio de 2016
© Copyright 2016

Related Articles

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Back to top button