Ley y Política

El Matrimonio como Contrato a la Europea

El PC 696, aprobado recientemente por la Legislatura, sigue “simplificando” el matrimonio. El proyecto, de la autoría de los representantes Ángel Matos García, Luis Ortiz Lugo y Luis Vega Ramos, enmienda el Código Civil para autorizar a los notarios públicos a celebrar matrimonios en nuestro País, una vez la pareja obtenga la licencia matrimonial que el Registro Demográfico expide gratuitamente.

Cuando el Gobernador lo firme, los abogados notarios podrán oficiar matrimonios. El Código Civil actual solo permite celebrar casamientos a jueces y a sacerdotes, rabinos, o ministros “debidamente autorizados u ordenados.”

¿Las razones para el proyecto? En entrevista de prensa, Miguel Pereira, quien respalda la medida, declaró que “un matrimonio es un contrato civil” y otorgar contratos es parte de la especialidad de los notarios. Si éstos pudieran otorgar contratos matrimoniales, “estaríamos conformando a Puerto Rico a la práctica europea. El notario registra ese contrato y la pareja se marcha a su vida matrimonial,” argumenta Pereira. Enumeró otras razones: “si sencillamente quieres librar tu calendario, quieres acelerar tu matrimonio o no someter la fecha a un calendario judicial o a la disponibilidad de un reverendo.” El representante Luis Vega Ramos (coautor del PC 696), por su parte, destacó: “Debemos dejarlo a la voluntad de los contrayentes, si desean hacerlo ante un juez, un sacerdote o ministro religioso, o ante un notario. Lo que se busca es darle opciones a los ciudadanos de escoger lo que entiendan que es más cómodo o útil para ellos el celebrar el arreglo social del matrimonio.”

“Conformar a Puerto Rico a la práctica europea”… “librar tu calendario”… “acelerar tu matrimonio”… “más opciones”… “cómodo”… “útil”… “simplificar el proceso”… “disponibilidad”… Parecería el anuncio del último modelo de celular, en vez de las virtudes de una enmienda a nuestro Código Civil sobre quiénes pueden celebrar matrimonios.

A eso se ha reducido entender el matrimonio como exclusivamente un “contrato civil” que puede disolverse meramente por “ruptura irreparable” o contraerse en la oficina notarial de la esquina. Como si fuera un bien de consumo, lo adquieres cuando quieres y dispones de él cuando ya no te agrade o satisfaga tus intereses. Como si fuera un auto o una nevera, lo que importa es que haya numerosas opciones y vivir “a la europea.”

La “práctica europea”… Los críticos de la “condición colonial” del País sufren de amnesia cuando alaban “conformar a Puerto Rico a la práctica europea.” ¿Referirá esta frase, además, a la aceptación de la eutanasia, abortos, cohabitación, prostitución, secularismo radical, ideología de género, y las demás agendas contrarias a la vida humana y la familia que están en auge en el bloque europeo? “Conformar a Puerto Rico a la práctica europea”… ¡Por favor!

Abandonar la noción de matrimonio como “la alianza por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole” lo ha hecho vulnerable al vaivén de la ley, la comodidad y la moda. Bien decía G.K. Chesterton: “El efecto obvio del divorcio frívolo es el matrimonio frívolo. Si las personas pueden separarse por ninguna razón, les será más fácil unirse por ninguna razón.” El matrimonio frívolo, a su vez, es terreno fértil para el divorcio frívolo. Por supuesto, hay casos, como el abuso o el maltrato, que ameritan procedimientos expeditos. Sin embargo, las causales de “consentimiento mutuo” y “ruptura irreparable” han facilitado que se recurra al divorcio aun en casos en que los conflictos conyugales habrían podido subsanarse. No podemos olvidar que, según los estudios, el divorcio cuesta cinco años a la expectativa de vida de los hijos, además de otros daños físicos, emocionales y económicos para todas las partes involucradas.

El día de bodas solía ser una ocasión anhelada, de esmerada dedicación por meses, de colaboración de familia, amigos y vecinos, de anticipación y de ilusiones. La temporada de noviazgo le permitía a la pareja comprometida conocerse, compartir planes y valores con respecto a los hijos futuros, la familia, los parientes políticos, la vejez y la enfermedad, las finanzas y las carreras, entre tantos otros asuntos. Dicho periodo de crecimiento emocional, y la debida formación espiritual, propiciaba una relación más estable, duradera, y fructífera, con menos violencia doméstica, infidelidad, separación o divorcio. Si bien no era garantía absoluta de un matrimonio feliz, esto era más probable que cuando, desde su inicio, la pareja (y la sociedad) concibe el matrimonio como meramente un “acelerado” “contrato” que puede contraerse y disolverse fácilmente. Terminar el contrato de un servicio celular parecería ser más difícil que disolver un matrimonio.

El matrimonio como vínculo sagrado, como sacramento, se está reduciendo a una marca apresurada en el calendario, sujeto a utilidad o conveniencia. Al parecer, las graduaciones y los quinceañeros ahora revisten más solemnidad y preparación que ese “sí” a una vida compartida.

Por generaciones, ese “sí” al pie del altar ha sido signo vivo de amor, de promesa, de apertura a nueva vida. “Recibe este anillo como signo de mi amor y fidelidad.” Marido y mujer hasta que la muerte los separe… Desgraciadamente, algunos hoy desdeñan el solemne voto como “cursi,” “heteronormativo,” “anticuado,” “limitante.” Aun ésos que se beneficiaron de sus frutos se alían para privar de tan sagrado acontecimiento a los llamados a la vocación matrimonial. Lo sustituyen, en el mejor de los casos, por una firma el pie de un contrato.

Aparte del significado religioso, se encuentra el social. Los sicólogos, sociólogos y antropólogos reconocen la importancia de los “ritos de paso” (“rites of passage”), esas ceremonias y actividades que marcan la transición de un estado a otro en las vidas de las personas. Ellos simbolizan y anuncian la entrada a una nueva etapa, con sus propios compromisos y responsabilidades. Esos ritos ayudan a la persona a asumir su nuevo rol con entusiasmo y compromiso, en particular cuando se celebran ante testigos en presencia de familiares y amigos. Su valor, tanto a nivel personal como social, es incalculable. El rito matrimonial marca el fin de la soltería, tal vez despreocupada o centrada en sí misma. Anuncia el inicio de una vida de fidelidad y entrega mutua.

Antes: ¡”Casarse por la Iglesia” era el sueño de tantos! Papá desfilando con su hija hacia el altar, el novio nervioso junto al padrino, en anhelante espera, el bendecido “sí” resonando por todos los rincones del templo… El lenguaje solemne, preciso, claro, sin ambigüedades ni dobleces: “Te recibo a ti como esposa/o, y prometo serte fiel tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad, amándote y respetándote durante toda mi vida.”

Ahora: “Un juez, un sacerdote o ministro religioso, o un notario,” lo que sea más “rápido,” barato, o “simple”… da igual. Imagino las posibles ofertas notariales: “Martes de Casorio: Llévate un Affidavit Gratis” o “Combo: Casamiento y Divorcio Prepagado (después te saldrá más caro).”

Pobrecitos niños. Pobrecita sociedad.

Fieles a la Verdad
9 de junio de 2016
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