Crisis de la familia y de la natalidad, Europa duerme

Por Luca Volontè (La Nuova Bussola Quotidiana). Traducido por Luis Rivera Colón
En los países de la UE no sólo nacen cada vez menos niños, sino que cada vez se casan menos personas. ¿Estamos entrando en una nueva era? Seguramente nuestras instituciones, italianas y europeas, no se han dado cuenta. O bien deciden no abordarlo, promoviendo políticas familiares inconsistentes o adaptándose a la idea de un envejecimiento inevitable.
Traer niños al mundo, o mejor aún, acoger el don de los niños en el mundo, ya no está de moda en Europa; demasiado serio, definitivo y difícil para quien no es consciente de que, en el fondo y al principio de este compromiso definitivo, hay una llamada y una responsabilidad hacia Dios. Así que sólo queda registrar la tragedia que se ha estado consumando durante años, que ha surgido de las recientes cifras de Eurostat para 2018. Los países de la Unión Europea (UE) con el mayor número de matrimonios en comparación con la población fueron Chipre (7.8 matrimonios por cada mil habitantes), Rumania (7.4), Lituania (7.0) y Letonia (6.8). Le siguieron Malta (5.8), Eslovaquia (5.7) y Dinamarca (5.6). En cambio, las tasas de matrimonio más bajas fueron de alrededor de 3 matrimonios por cada mil habitantes, registradas en Luxemburgo (3.1), Italia (3.2) y Portugal (3.4) y seguidas por España, Francia (datos de 2017) y Eslovenia (todas 3.5). Como hemos descrito varias veces en La Nuova Bussola Quotidiana, la crisis de los matrimonios, al igual que la tragedia del descenso de la natalidad, afecta a todos los países, incluidos los “mitológicos” países escandinavos, a los que muchos miran con los mismos tapaojos ideológicos del pasado.
La ausencia de políticas familiares, su esquizofrenia e impermanencia deprimen ese deseo de estabilidad y compromiso que los jóvenes europeos, a pesar de todo, seguían teniendo en su inmensa mayoría hasta hace 15 años, se está extinguiendo cada vez más por razones económicas (precariedad e incertidumbre de futuro), culturales (no hay medios de comunicación que recuerden su importancia fundamental), sociales (casi en todas partes han caído los privilegios de derecho concedidos por los Estados a los matrimonios y a la familia, declarados idénticos a los de las uniones civiles o “de hecho”).
No hace falta decir que Italia, a pesar del cortés y firme grito del Presidente de la República sobre la gravedad de la extinción y de la disminución de la natalidad nacionales, vive esta decadencia de la cohesión social y civil progresiva con una actitud superficial. Estamos por debajo del umbral de los matrimonios de 4/mil desde 2009 y durante 6 años hemos superado los 3/mil. En Grecia, donde se vive desde 2013, la mayor crisis destructiva de la historia, los matrimonios en los últimos 6 años son en promedio más de 4.5/mil. Hay que pensar seriamente y pronto en lo que hay que hacer; no es sólo una tarea de la política, sino que todos los actores públicos, sociales, religiosos y civiles deben enfrentarse pronto a esta epidemia que elimina a los niños y a las familias italianas, mucho más grave que el peor contagio de “coronavirus” y que está produciendo temores, individualismo, divisiones y pérdida neta de futuro. La pérdida de familias estables, comenzando por la disminución de los matrimonios, es también un desafío educativo crucial, porque un menor número de matrimonios y familias significa una pérdida seca de capital humano, familiar y comunitario para toda la nación. Este desafío debe ser superado; permanecer en silencio e inerte es de cobardes. La crisis del matrimonio, junto con la de la natalidad, en la que ya hemos insistido recientemente, son causadas por un lado por la decadencia humana, social y cultural producida por el relativismo individualista, y por otro lado causan a su vez (como si fueran un volante) la fragmentación, la irresponsabilidad, la irracionalidad, la indiferencia… estamos a las puertas de una época nunca antes vista, peor que la bárbara o tribal, en la que había reglas y un sentido de pertenencia al clan y entre clanes. El garrote tenía su propia moral; hoy estamos delante de la nada.
Paradójica y dramáticamente, ni la gran mayoría de los países europeos ni la propia Europa quieren enfrentarse a la realidad tal y como se presenta, ni a sus verdaderas causas. Prefieren dedicarse irónicamente a tratar los síntomas de la tragedia actual. Dos ejemplos paradójicos. El primero, no queriendo enfrentar la tragedia de la disminución de la natalidad de frente, Europa estudia ahora cómo convencer a los ancianos para que vuelvan a trabajar. No se haga ilusiones de que se va a jubilar… “El encanecimiento de Europa” (aumento de las personas mayores y de la esperanza de vida media) parece tener un impacto significativo en la mayoría de los aspectos de la sociedad y la economía. Por ello, el “Fondo Social Europeo”, que es el principal instrumento de apoyo a las personas para que encuentren mejores empleos y garanticen unas oportunidades de trabajo más justas, está trabajando para persuadir a las personas mayores de que vuelvan a trabajar. “Creo que vivimos en una situación en la que tenemos muchos desafíos relacionados con los desarrollos tecnológicos y el envejecimiento de la población”, dijo recientemente la Directora General Adjunta de la Comisión Europea, la DG de Empleo Andriana Sukova, “Así que tenemos que actuar. Debemos usar los fondos para ayudar a la gente… debemos ayudarlos a encontrar y enfrentar nuevas oportunidades de trabajo, pero también estar preparados para nuevas relaciones laborales”. ¿No es increíble y, permítanme, totalmente irracional, favorecer la crisis de nacimiento y luego decirle a los ancianos que trabajen hasta la muerte?
El segundo ejemplo trágico nos llega del próximo Plan Europeo de lucha contra la pobreza infantil, en el que el término familia y familias basadas en el matrimonio está casi totalmente ausente. Increíblemente, 22.7 millones de niños viven en la pobreza o la exclusión social en toda la Unión Europea. “Esto es inaceptable para una de las regiones más prósperas del mundo”. Al anunciar su intención de desarrollar un plan para combatir la pobreza infantil, la Comisión Von Der Leyen ha reconocido con razón “la importancia de abordar este problema”. Es bien sabido que la pobreza infantil tiene muchas causas, en primer lugar la inestabilidad familiar, la cohabitación, los matrimonios rotos. ¿No es absurdo invertir en la lucha contra la pobreza infantil y, al mismo tiempo, no limitar la perpetuación de la propia pobreza? Si alguien tiene un timbre que suene al final del recreo, que dé un timbrazo. Es hora de que la Iglesia, en cambio, toque las campanas.
Artículo por Luca Volontè, publicado originalmente bajo el título: “Crisi della famiglia e della natalità, l’Europa dorme,” en el sitio web La Nuova Bussola Quotidiana. Traducido por Luis Rivera Colón.




