Crónicas de una Mujer-Madre Pro Vida


Agradecemos profundamente el conmovedor testimonio que acabamos de recibir y reproducimos a continuación. Demuestra la realidad de que, con respecto al aborto, la mujer embarazada es con frecuencia otra víctima más. ¡Salvemos ambas vidas!
Han pasado 5 años y 10 meses y aún el recuerdo del momento duele. Comenzando por el día en que me hice la prueba de embarazo. Supe el resultado en menos de una hora. Y a la primera persona que le cuento fue al que era mi pareja en ese momento. Sentir soledad desde ese instante y escuchar palabras de humillación de parte de quien decía quererte son los primeros tropiezos con los que se encuentra la mujer-madre que está clara que la vida comienza desde la concepción, pero su pareja no piensa así. Y luego, sufrir la impotencia de no poder hacerle entender con tus palabras que lo que has hecho es vida. Yo intenté llevarlo a la cita de la ginecóloga. Le quería mostrar la foto del sonograma. Su comentario fue eso es un simple feto.
No hubo forma de convencerle. Mis lágrimas eran vanas.
En medio de la desesperación y la presión que recibía de él, accedí a llamar a la clínica. Me hicieron cita para un sábado, aconsejada por la clínica que llegara después de las 11am, pues a esa hora se iban las señoras que oraban.
El día que me llevó a la clínica parecía de película de horror. Él era otro. La presión por parte de él era insoportable. Mis llantos eran amargos. Tienes que abortar, no hay alternativa. Yo conseguí el dinero prestado, tienes que venir conmigo a la clínica. Llegamos al lugar de la clínica. Pasamos por la ATH a sacar de mi dinero. Eso me disgustaba: sacar de mi dinero para pagar el crimen macabro porque eso es lo que significa para mí el aborto. En esos momentos no había nadie afuera de la clínica.
Entré en la clínica. La señora de la recepción me da los papeles. Comienzo a leer. Lloro. La señora dice si no estás lista, ve afuera. Vi pasar a una muchacha como si nada. Salí y caminé hacia donde estaba el que era mi pareja. Le dije no puedo hacerlo. A lo que contesta: Yo no me voy a mover de aquí hasta que no te hagas el procedimiento. Mis padres no sabían que yo estaba embarazada. A lo que añade: o si no te llevo a donde tus padres para que te obliguen.
En eso me entra un coraje. Observaba como salir de allí. Me acordé que antes de entrar vi pasar una AMA, es decir que allí había una parada de autobús. Y le dije: si no me sacas de aquí, cojo el autobús. Y así hice, caminé hacia la parada. Cuando, de repente, un jalón por brazo. Pensé es éste. Pero me equivoqué. Era una señora. Me pregunta: ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? Yo me arrojé a ella sin titubear. Sí, le contesté llorando. Necesito ayuda. Y sentí el abrazo más tierno jamás antes sentido. Tenía que ser el abrazo de Dios.
Desde ese momento todo fue cambiando. Me fui calmando al sentir la seguridad y el apoyo de dos desconocidos. Ellos se ofrecieron llevarme a casa. El que era mi pareja no quería dejarme ir. Ellos intervinieron, hablaron con él y entre todos fuimos a dialogar con mis padres para explicarles lo que sucedía. Mis padres aceptaron la situación, pero con desilusión por parte de la reacción de él. Desde ese día no he sabido nada de él. Pero gracias a la Gloria de Dios no nos ha hecho falta nada. Dios siempre ha obrado por medio de terceras personas, como el grupo Raquel, familiares, compañera(o)s de trabajo, y no nos desampara.
Por: Susana MCB
9/27/2018



