Seraphina, la bebé que puso a temblar a la industria de vientres de alquiler

Por Caterina Giojelli (Tempi). Traducido por Luis Rivera Colón

Historia de una pequeña, de su madre, de su madre de alquiler que huyó de los clientes, renunciando a la buena remuneración para abortarla, y de la familia que la adoptó a pesar de su discapacidad. Amándola hasta el final.  

“¿Habría tenido una vida llena de significado? La respuesta sin duda es sí. Seraphina tuvo una vida muy, muy significativa y feliz”. Hay muchas maneras de contar la historia de Seraphina Harrell, la niña de ocho años que murió el 15 de julio en el Hospital Infantil de Boston después de varias complicaciones en una cirugía. Los periódicos no pudieron evitar hablar de ello: su nacimiento, que fue querido a pesar de las graves malformaciones que sufrió, hizo temblar a la industria estadounidense de vientres de alquiler. “La gente se enteró de este caso y se asustó”, comentó Melissa Brisman, abogada especializada en subrogación, antes de que se ultimaran los contratos con cláusulas firmes para determinar qué hacer en caso de anomalías fetales.

¿Pero por qué tanto miedo a una niña discapacitada? Porque no se puede contar la historia de Seraphina sin contar la historia de un par de clientes que la compraron por 20 mil dólares, ofreciendo otros 10 mil para que fuera eliminada, sin contar la historia de la mujer que la dio a luz huyendo para no matarla, la historia de la mujer que luego la adoptó sin saber siquiera si la niña habría sobrevivido: “Sí”, los periodistas de CNN o People se ven obligados a escribir hoy, “Serafina tuvo una vida feliz y significativa para muchas personas”.

LOS MIMOS DE LOS CLIENTES, Y LUEGO LA ECOGRAFÍA

La historia, contada por todo el mundo pero sobre todo por la CNN hace años, comienza como muchas otras, con una mujer soltera, Crystal Kelley, que vive en Vernon, Connecticut, un suburbio de Hartford: tiene 29 años, dos hijas que mantener, sin pareja ni trabajo, por lo que decide ofrecerse a una agencia como madre de alquiler. Las cosas van muy bien al principio; Crystal conoce a la pareja de clientes en un parque de recreo. Los dos parecen dulces, educados, desesperados por un cuarto hijo. ”Sí, lo haré por ti”. La pareja ya ha concebido tres niños mediante la fertilización in vitro, y todavía tiene dos embriones congelados: los médicos los implantan en el útero de Crystal el 8 de octubre de 2011 y, un mes después, la mujer quedó embarazada.

En los primeros meses, Crystal es mimada y consentida con llamadas telefónicas, pagos de alquiler anticipados; se siente cómplice y amiga de la mujer a la que iba a dar lo que descubrió ser una niña. Hasta el quinto mes de la ecografía. El corazón del bebé tiene algo, y Crystal es invitada a ir a otro hospital para hacerse un ultrasonido de mayor nivel; la cliente comienza a ponerse nerviosa. Cuando la llaman para los resultados, los médicos le explican a Crystal que la bebé tiene un labio leporino, paladar hendido, un quiste en el cerebro y graves defectos cardíacos. Tampoco se veían ni el estómago ni el bazo.

10,000 DÓLARES POR “TENER PIEDAD Y ABORTAR”.

Los médicos explican que la bebé probablemente sobreviviría al embarazo, pero que sólo tendría un 25% de posibilidades de tener una “vida normal”. Además, tendría varias operaciones de corazón. Crystal comenzó a recibir cartas de especialistas encargados por los clientes para convencerla de que abortara, puesto que la pareja ya había pasado demasiado tiempo en el hospital con los tres bebés nacidos in vitro y prematuros. Dicha pareja recurrió a una madre de alquiler precisamente para “minimizar el riesgo de dolor y sufrimiento para un bebé” y por eso consideran “una opción más que humana interrumpir el embarazo”.

Varias veces, al encontrarse con Crystal, entre agencias y tribunales, los dos la acusarán de querer “reemplazar a Dios” pidiéndole que “tenga piedad de esa criatura”. “Me han escogido para custodiar y proteger a esta criatura, y es exactamente lo que haré”, responde Crystal, quien será acusada de ser una fundamentalista católica cuando “ni siquiera soy creyente”. Cuando le ofrecen 10,000 dólares para abortar, Crystal, cuya disputa con los padres empieza a costarle muy cara y a quien todo el mundo le explica que nunca podría permitirse otro niño, que estaba violando las reglas de un contrato, que se suponía que debía devolver los más de 20,000 dólares que recibió por el alquiler de su útero más otros 8,000 dólares por gastos médicos y legales, casi dice que sí. Entonces lo piensa de nuevo.

LA HUIDA A MICHIGAN

Después de días de peleas legales, el abogado de la pareja les informa que los dos han acordado dar a luz al bebé, pero añade que nunca la habrían reconocido, confiándola al estado de Connecticut para la adopción. “Sólo tienes una alternativa -explica a Crystal, la abogada que ha accedido a llevar su caso de forma gratuita-: ir a un lugar donde tú, y no los padres ‘genéticos’, seas considerada la madre legal de la niña”. Ese lugar está a 700 millas de distancia: Crystal lleva a sus dos hijas en el auto y conduce a Michigan donde, por ley, la tutela del embarazo le pertenecería.

Lo que sucede a continuación parece una película: cuando los clientes apelan a la justicia de Michigan, resulta que el ovocito utilizado para la fecundación in vitro no pertenece a la esposa, sino que fue comprado a una donante anónima. En este momento nadie puede negarle a Crystal que es la madre del bebé, una madre sin dinero, sin trabajo, con dos hijas y otro recién nacido con deformidades aún más graves de lo que sugieren las ecografías. La pequeña, llamada Seraphina, sufre de heterotaxia – los órganos del pecho y del abdomen están en posición anormal –  y holoprosencefalia, una rara anormalidad congénita del cerebro; tiene sólo un 50% de posibilidades de crecer, caminar y hablar. Es en este punto que la historia de Seraphina se convierte en la historia de Rene también.

LA FAMILIA HARRELL, EL ASOMBRO DE LOS MÉDICOS

Poco se sabe de la mujer que accedió voluntariamente a ayudar a Crystal. Se enteraron por correo electrónico, poco antes de dar a luz, que Crystal buscaba grupos de apoyo de padres que tuvieran hijos propios o adoptados con “necesidades especiales”. “Si bien es cierto que la pequeña tendrá que enfrentarse a desafíos a lo largo de su vida, también es cierto que es más que posible que tenga una vida maravillosa. Lamento que esa pareja abandonara a la niña y te dejara sola para embarcarte en este nuevo e inesperado viaje”. Cuando Crystal se atreve a preguntar a Rene y a su marido Thomas Harrell si estarían dispuestos a adoptar y acoger a Seraphina, dicen que sí.

Cuando en ese momento, la CNN trató de preguntarle a Rene por qué acogerían a una bebé que no viviría mucho y por el que no podían hacer mucho, ella respondió con un amable correo electrónico: “Le daremos amor; será ella quien nos mostrará lo que es posible hacer y lo que le será posible para su vida.” Hoy, Rene y Thomas vuelven a hablar con la CNN, y cuentan que Seraphina sólo podía pronunciar unas pocas palabras, pero que había aprendido el lenguaje de señas, no caminaba, pero se movía con su silla de ruedas, hacía mímica de “te quiero” todo el tiempo a sus padres, a sus siete hermanos mayores y a los médicos, añadiendo un beso rápido al final: “Una y otra vez de tantos de sus médicos he oído decir que nunca podrían haber imaginado que una persona con tal nivel de necesidad como el de Seraphina pudiera ser tan alegre como ella, y hacer tanto bien por los demás”.

EL PEQUEÑO NATHAN Y LAS PALABRAS DE MAMÁ CRYSTAL

Jugaba con agua, en los columpios, no soltaba a papá ni un segundo en cuanto llegaba del trabajo. Con algunos de sus hermanos y hermanas discapacitados, Seraphina tenía una relación especial, tenían historias que leer, jugaban a Star Wars, se pintaban las uñas y se encontraban en los libros. Le encantaban las historias de los Little Critters; su hermano de diez años, Nathan, le había explicado que él era el protagonista, el hermano mayor, y ella la hermana pequeña. Cuando murió, poco después de cumplir ocho años el 25 de junio, Nathan pidió a su madre y a su padre que dejaran uno de estos libros en su ataúd. “Todos los hermanos la extrañan terriblemente. Ella era la parte central de nuestra familia. En los ocho años que vivió, tuvo una vida plena y completa”, añadió Thomas. “Tuvo tanta alegría y tanto gozo que le dio a tantos otros de maneras que ninguno de nosotros podría haber imaginado o predicho”.

“No me equivoqué. Crees que es un vegetal, pero no lo es. Quisiera que pudieran verla saltar en el regazo de su madre adoptiva, y protestar cuando el juego se detiene – escribió Crystal en su blog poco después de haber dado a luz a Seraphina – Por supuesto, hay cosas que nunca podrá hacer, pero en muchas es una niña como cualquier otra. No sabemos qué pasará cuando sea mayor, pero mientras tanto estoy segura de que, cuando se opere el labio leporino y el paladar, hablará y hará valer sus opiniones. Todos los que la conocen están de acuerdo conmigo en eso. Créeme: ella quería vivir, tenía derecho a una oportunidad”.

Artículo por Caterina Giojelli, publicado originalmente bajo el título: “Seraphina, la bambina che ha fatto tremare l’industria dell’utero in affitto” en el sitio web Tempi. Traducido por Luis Rivera Colón.

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