Ley y Política

Gringolitis en la Administración

Parece que la gobernación y la legislatura han sucumbido al grave síndrome de la gringolitis.* En flagrante expresión de lo que en la Antigua Grecia se denominaba hubris, el orgullo desmesurado ciega a la administración de turno. Atados a sus proyectos du jour, desoyen críticas, preocupaciones y propuestas alternas, aun cuando provienen de la mayoría del Pueblo que los eligió. Olvidan que, al proponer y evaluar las medidas legislativas, hay que estudiar detenidamente tanto los medios como los fines, en particular cuando son de gran alcance.

La crisis fiscal que antes quería resolverse con la Ley 7, ahora pretende atenderse con cirugías radicales a los planes de pensión; lo que antes con el gasoducto, ahora con la crudita. Lo que antes los líderes del PPD condenaban por ser la “arrogancia despiadada” de la administración de Fortuño, ahora lo aplauden por ser la medida valiente y responsable de gente que se ocupa de enderezar el desastre. La visión nublada —presagio de la ceguera total — es el síntoma definitivo de la gringolitis.

Para disimular el mal que les aqueja, aducen que hablan “de frente,” con transparencia. La “transparencia” con que se le habla al Pueblo es un breve mensaje. Un Gobernador que en altas horas de la noche de un domingo, luego de mantener en jaque por días a empleados y ciudadanos, habla con un tono muy distinto al del paciente del Centro Médico que encaraba no poder transportarse en tren a su cita del lunes, o de la anciana que no puede conducir y depende de la AMA. Al mensaje no le faltó su marco usual: el Gobernador García Padilla lamentó tener que hablarnos un Primer Domingo de Adviento y concluyó con la Bendición —las migajas para mantener al pueblo Cristiano a raya; mientras por otro lado esta administración le ha ido desmantelando el templo con la avalancha de proyectos que atentan contra la familia natural y la propia vida humana.

El discurso del único remedio… La construcción de falsos dilemas es otra manifestación del síndrome gringolar: “o la crudita o nos vamos a pique;” “o despenalizamos los delitos o las cárceles se abarrotan.” Apelar a la calamidad, a infundir terror de que el colapso es inevitable si no se acepta tal propuesta, es otro síntoma colateral.

Sin embargo, ¿ha contado la administración lo que ha desperdiciado en ineficiencias, en debates estériles y relaciones públicas para impulsar sus medidas nefastas como la despenalización de la marihuana, la imposición de la perspectiva de género en las escuelas, el código penal atropellado y con menos garras, el plan decenal, y la serie de proyectos “fresita” que antes desdeñaba? Ni hablar del costo de oportunidad: el tiempo y los recursos que pudieron haberse invertido más productivamente; el tiempo y el esfuerzo que le ha costado a tantos ciudadanos luchar contra estas propuestas desastrosas; la ansiedad y la incertidumbre a la que se somete al Pueblo. Una alcancía con todos estos costos probablemente bastaría para salvar las corporaciones públicas y sobraría para bajar los impuestos…

Pero no, la gringolitis es una condición que provoca espasmos publicitarios incontrolables y aferrarse a un curso de acción sin mirar consecuencias ni alternativas superiores —sin ni siquiera mirar al Pueblo —como si la suya, simplemente por serlo, fuera la única y final solución.

*n. Derivado de gríngolas. Condición crónica degenerativa cuyas víctimas sufren de estrechez de mente e ideas preconcebidas que le reducen o impiden la objetividad y la razonabilidad.

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