Aborto forzado o fallido: los monstruos del Estado hedonista


Por Benedetta Frigerio (La Nuova Bussola Quotidiana). Traducido por Luis Rivera Colón
Dos mujeres inglesas. Una violada y obligada por el Estado a abortar sin su consentimiento, y la segunda instigada a hacer lo mismo con la hija enferma en el vientre. Dos historias diferentes, pero unidas por una mentalidad común que se resalta en Gran Bretaña con una claridad cristalina: quitar el sufrimiento, cueste lo que cueste. Y justamente aquí está el problema, en el precio escondido de este “servicio” que se “paga” cuando ya es demasiado tarde para entender qué tan alto es.
Veamos lo que le sucedió de verdad a la primera mujer. Lo contó Lifesitenews, quien explica a través de las palabras de la Society for the Protection of Unborn Children, que “una mujer, de quien se entiende que tiene la capacidad mental de una niña, no puede consentir en tener relaciones sexuales, por lo cual no puede dar su consentimiento para abortar”. Sin embargo, a pesar de haber sufrido ya una violencia atroz por parte de la persona que tenía que cuidarla (un supuesto “care giver”), en lugar de ayudarle a superar dicha violencia, fue obligada a padecer otra peor: el homicidio de su bebé en el vientre. No es la primera vez que el Estado inglés decide hacer que alguien aborte, pensando que va a quitar el sufrimiento eliminando la vida que lleva dentro de sí, pero en realidad no hace otra cosa que incrementarlo: de hecho, en otras ocasiones, a las mujeres con discapacidades mentales se les ha obligado a abortar sin consentimiento, en lugar de permitirles abrazar a sus pequeños para que, quizás, en caso de que sea imposible criarlos, puedan luego darlos en adopción a familias que habrían podido cuidarlos.
No obstante, quienes dejan claro que el único modo de hacer que las víctimas de violación superen el trauma es dar a luz una vida, son los diferentes testimonios de mujeres que han dado a luz entendiendo que ese acto malvado [la violación] había, de todos modos, dado fruto a un milagro. Tomemos como ejemplo a la americana Kristi Kollar, violada a los 17 años, quien muchas veces ha repetido: “En el momento en que la vi (su hija, ndr), el dolor precedente de los nueve meses desapareció por completo. De verdad creo que si no hubiese tenido a Abby, no habría sido capaz de curarme de la agresión. Era y es la luz y fin de mi vida”.
En cambio, el segundo acontecimiento fue reportado por The Sun. Una joven madre le cuenta al diario inglés el momento en que fue diagnosticada la enfermedad de su bebé en el vientre: spina bífida. Los médicos le habían dicho que seguramente su bebé no sobreviviría y que, por lo tanto, era mejor deshacerse de ella. Al principio, la joven y el marido estaban indecisos y se sentían culpables, pero luego se habían convencido “de que era lo mejor” para la hija. Sometiéndose a la opinión común por la cual es mejor eliminar una vida en lugar de acogerla enferma. Así la mujer se sometió al aborto a la 25 semana, cuando un bebé puede sobrevivir aun fuera del vientre materno. El procedimiento consiste en inyectar un liquido letal en el útero. Sin embargo, una vez terminó, la joven le había comunicado a la obstetra que sintió a su pequeña patear. “¡Imposible!”, había sido otra vez la respuesta del personal sanitario. En cambio, en lugar de parir un cadáver, la mujer había dado a luz a su pequeña viva y llorando. En ese punto los médicos, en lugar de acoger a la recien nacida y sostener su vida, dejaron lógicamente que la bebé muriera en los brazos de su madre. Ahora, la mujer sostiene que no tiene paz, y que lo que pasó no debió haber sucedido.
Ciertamente este segundo hecho revela la hipocresía del aborto, por el cual, mientras permanezca escondido en la panza, se puede hacer creer que un bebé no sea tal. Pero una vez nacida, y habiendo sobrevivido al procedimiento, la pequeña gritó que el rey estaba desnudo: que el aborto es un homicidio, y que no se sabe nunca con certeza cuanto pueda seguir una vida enferma. Su madre no sabrá nunca cuanto habría vivido la recien nacida si no hubieran intentado matarla. En todo caso, recibió las condolencias del mismo personal médico que buscó matar a su bebé para luego dejarla morir.
Lo que queda es un dolor inmenso que esta madre se llevará para siempre en el alma. Mientras, si hubiera escogido como hizo la sierva de Dios Chiara Corbella, todavía hoy recordaría el día del nacimiento de su hija con sufrimiento, pero también con mucha paz en el corazón. De hecho, Chiara no pensó ni siquiera por un momento en abortar a la pequeña Maria Letizia (nacida sin caja craneal), convencida de que tenía que acompañar a su bebé a lo largo de toda la vida que se le hubiera permitido. El día del nacimiento fue una fiesta; la pequeña permaneció algunas horas en los brazos de sus padres, recibió el bautismo y subió al cielo rodeada de amor. Entonces, Chiara dijo durante un testimonio: “Si hubiera abortado, no creo que habría recordado aquel día como día de fiesta. En cambio, recuerdo la alegría de aquel día cuando nació”. Sí, la alegría. Así com Kristi habla de una luz en medio de la oscuridad de la violación, luz que vino al traer al mundo a su Abby.
Estos hechos aclaran no sólo la brutalidad de los homicidios de los hijos, sino también el engaño de una mentalidad hedonista que hace pensar que el sufrimiento no debe contemplarse. Por eso, si se presenta, se elimina de cualquier modo. Pero sobre todo, estos acontecimientos hacen entender que quien trata de eliminar el sufrimiento a toda costa se encuentra en la desesperación. En efecto, como el sufrimiento es de hecho ineliminable de la vida, para eliminarlo, hay que eliminar también la vida que lo lleva.
Así, la primera madre, además de tener que cargar con las consecuencias de la violación, también tendrá que soportar el dolor de un hijo muerto y arrancado de su útero (discapacidad o no, toda madre sólo puede sentir), mientras que la segunda, además del dolor de la enfermedad de la hija, tendrá que convivir con el hecho de que aquella pequeña vivió y que quizás habría podido vivir más, mientras que ella accedió a provocar la muerte de ella.
Artículo por Benedetta Frigerio, publicado originalmente bajo el título: “Aborto forzato o fallito: i mostri dello Stato edonista,” en el sitio web La Nuova Bussola Quotidiana. Traducido por Luis Rivera Colón.



