Datos recientes sobre COVID no justifican un cierre de Iglesias


Contrastemos lo anterior con el total de muertes por el Covid-19 hasta el 19 de agosto: 346.
¿Prohibimos los vehículos de motor y las armas de fuego por las muertes asociadas a ellos? ¿Se encierra a las personas para que no se contagien por gripe y neumonía? ¿Se les prohíbe asistir a iglesias, visitar a sus seres queridos en hospitales y asilos, celebrar toda suerte de eventos?
No hay duda de que el Covid-19 es un virus contagioso y, bajo ciertas condiciones, potencialmente letal. Sin embargo, los datos anteriores no parecen justificar el aislamiento físico, sicológico y social que el gobierno, alentado por muchos medios de comunicación y “celebridades,” ha impuesto. Tampoco lo justifican las experiencias favorables de países como Suecia que no se prestaron al cierre total, ni el que muchos sectores de la población tengan bajo riesgo de sufrir efectos severos por el virus. La depresión, la soledad, los efectos de otras enfermedades no diagnosticadas o tratadas a tiempo, y la devastación económica de los cierres radicales, están ocasionando daños incalculables, que ya muchos padecen. Es hora de que, en el manejo de la situación actual, gobiernen la prudencia y la mesura.




