¡Quién soy yo para juzgar!
“¡Que cada cual haga lo que quiera con su cuerpo!”
“¡Cada cual tiene derecho a hacer con su vida lo que le plazca!”
“¡Todos tienen derecho a elegir y a ser felices a su manera!”
Si así piensas, padeces de la ideología más popular hoy en día: el relativismo, la tolerancia mal entendida. Lo más popular, sin embargo, no necesariamente es lo correcto.
“Pero si el mismo Papa comentó sobre el homosexualismo: ‘¡Quién soy yo para juzgar!’” Cierto. Por supuesto, ningún ser humano — ni siquiera el Sumo Pontífice — puede “juzgar” en el sentido de determinar si una persona irá al infierno y, menos aún, desterrarla a dicho lugar. Tampoco nadie puede realmente leer el corazón humano y, por ende, juzgar a la persona como tal, en su totalidad. Sólo Dios puede juzgar de esta forma, en Amor y Justicia, según Su Santa Voluntad.
Sin embargo, el Papa Francisco también dijo durante la misma conferencia de prensa (28 de julio de 2013): “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?… Pero si alguien – laico, cura o monja – comete un pecado y luego se arrepiente, el Señor lo perdona. Y cuando el Señor perdona, olvida.” Estas expresiones son un juicio puesto que impone condiciones sobre la intención y la acción humanas. Hay una distinción fundamental entre, por un lado, la persona como tal, y, por otro, sus intenciones y acciones. Sería contradictorio el que una persona “busque al Señor y tenga buena voluntad” y luego se deleite en conductas que desagraden a Dios. Podemos y debemos juzgar las conductas e intenciones a la luz de los principios normativos universales y objetivos. ¿Cómo los conocemos? No sólo mediante la Revelación, sino también por nuestra razón, la ley natural inscrita en nuestras mentes y nuestros corazones.
No tienes derecho a hacer con tu vida lo que te plazca. Tirarse bajo las ruedas del tren en marcha o emborracharse hasta la inconciencia tal vez le luzca placentero a alguien, pero considera las repercusiones a corto y largo plazo para sí y para los demás. Aun si no las hubiera—algo irreal—estaría faltando a su dignidad y valor intrínseco. Con respecto a la conducta homosexual. ¡Cuántas personas hoy sufren las consecuencias devastadoras de dicha conducta en su cuerpo y en su siquis! Son consecuencias que marcan sus vidas y las de cuantos les rodean.
Tal vez digas “¿y a mí qué me importa, si yo no lo hago?” ¡Pues te debe importar! ¿No te preocupa el impacto sobre tus hijos, tus nietos, tus sobrinos? Además, eres parte de una comunidad. Lo que hace tu prójimo necesariamente te afecta. Por ejemplo, como contribuyente aportas a sufragar los costos económicos y sociales de unas enfermedades físicas y sicológicas. Sí, las víctimas directas sufren las principales heridas en sus cuerpos, sus mentes, y su espíritu, pero todos nosotros pagamos por los servicios médicos, entre otros, que ellos necesitan. También pagamos por los días de trabajo perdidos, los talentos y capacidades truncadas, por la alegría que no pudimos compartir. Las experiencias que no pudieron vivir no sólo son su pérdida, sino la tuya.
¿Aún preguntas “quién soy yo para juzgar”? Eres un ser humano con el entendimiento, la libertad y el deber de hacerlo por tu dignidad, tu propio bien y el de los demás. Por esto, te juzgarás también. No juzgarás en el sentido de condenar a la otra persona o con el fin de humillarlo, menospreciarlo, avergonzarlo, o por soberbia. Sí juzgarás su acción sobre las bases justas y con el fin de ayudarle con amor y por amor. ¿Por qué? Porque puedes y debes hacerlo. Ah, y por si aún te parece poco, porque tu felicidad aquí y en la eternidad también están en juego.



